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Todos tenemos el compromiso de asumir la responsabilidad, de responder como Hijos de Dios ,buscando siempre lo más perfecto, lo más bueno y rechazando todo mal . El cristiano solo se pone mal cuando ofende a los hermanos y no por el mal recibido,

domingo, 15 de mayo de 2011

PARA COMPRENDER LA MISA

Evidentemente no es suficiente con permanecer plantado como un poste detrás de un pilar de la iglesia, en una misa de once para turistas fatigados o juerguistas abotargados por la juerga del sábado, inclinándose maquinalmente ante los toques de campanilla del monaguillo.

No es suficiente tampoco recitar vagamente el rosario, inclusontentado meditar sobre los misterios del Rosario del que no se aprecia el contenido, a falta de conocimientos serios.

Tampoco es suficiente leer atentamente la misa, siguiendo los gestos del sacerdote.

Es necesario realizar el misterio que no ocurre más que en el altar, y para ello:

1) No reducir la misa a la acción de únicamente el sacerdote, ni de Jesús únicamente, sino ver ahí la acción del Cristo total.

No hay varias misas celebradas en diferentes momentos del tiempo y en diversos lugares del espacio. No hay más que una misa, la del Calvario, prefigurada por los sacrificios del Antiguo Testamento, «precelebrada» sacramentalmente (es decir simbólicamente y realmente, en Espíritu y en Verdad) en la Cena, el Jueves Santo.

No hay más que una víctima, que no es solamente Jesús de Nazaret, sino el «Cristo total». Ofrecido por el Cristo, Cabeza de la Iglesia, el sacrificio es completo, porque es ofrecido por la Víctima santa y sin mancha, la única agradable al Padre, pero que no recibe su pleno desarrollo en el tiempo y en el espacio más que por la adjunción de los miembros del Cuerpo Místico a su Cabeza y que constituyen con ella el «Cristo total».

Las diferentes misas no son por lo tanto más que el desarrollo en el tiempo y en el espacio de una Misa única, realizada en el Calvario.

2) No reducir en consecuencia la misa al acto de la Consagración, esencial sin duda, pero que no es más que un «momento» de la acción total. Es necesario volver a situarse en el pensamiento de Cristo sobre la Cruz, o bien en la Cena, en la Institución de la Eucaristía. La misa es antes que nada esencialmente el acto de ofrenda de una víctima santa, el Cristo-Jesus, Verbo Encarnado, unido por los lazos de la caridad a los miembros de la Iglesia entera que, santificados por la gracia, participan en la santidad de la única Víctima agradable al Padre; la misa es además una communion en esta Víctima santa, que, una vez acogida por Dios, es de alguna manera entregada a los fieles para santificarlos aún más.

3) No ver solamente en la misa un acto que se desarrolla en el tiempo ya que ella es «la encarnación progresiva en el tiempo y el espacio» de un acto eterno, que es la «alabanza de gloria» (Ef. I,12), que el Verbo divino rinde al Padre, el don total de su Persona a la del Padre, en la unidad de Amor del Espíritu. Realizada en el seno de la Trinidad en un acto único y eterno, esta alabanza de gloria está realizada en la tierra, en el tiempo y en el espacio, por ese mismo Verbo, encarnado esta vez, del cual nosotros somos una «humanidad por añadidura», por el cual nosotros rendimos al Padre, en la unidad del Espíritu Santo, el único sacrificio que le es agradable, para la remisión de los pecados, para la Redención y para la divinización de nuestras almas. Así asociados a la alabanza eterna de gloria que el Verbo rinde al Padre en el seno de la Trinidad, nosotros decimos:

Per Ipsum et cum Ipsum et in Ipsum es tibi Deo patri omnipotenti in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria. Amen. (Por El, con El y en El, a ti Dios Padre Omnipotente todo honor y toda gloria en la unidad del Espíritu Santo)

Dicho de otra manera, no se puede comprender verdaderamente la misa más que en la perspectiva de los tres grandes misterios cristianos: la Trinidad, la Encarnación, la Redención, y del «misterio» que san Pablo anuncia a los Efesios: «que los gentiles son herederos junto a los Judíos, y miembros del mismo cuerpo» (Ef, III, 6)

Abbé Henri Stéphane