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Todos tenemos el compromiso de asumir la responsabilidad, de responder como Hijos de Dios ,buscando siempre lo más perfecto, lo más bueno y rechazando todo mal . El cristiano solo se pone mal cuando ofende a los hermanos y no por el mal recibido,

viernes, 22 de julio de 2011

domingo, 15 de mayo de 2011

PARA COMPRENDER LA MISA

Evidentemente no es suficiente con permanecer plantado como un poste detrás de un pilar de la iglesia, en una misa de once para turistas fatigados o juerguistas abotargados por la juerga del sábado, inclinándose maquinalmente ante los toques de campanilla del monaguillo.

No es suficiente tampoco recitar vagamente el rosario, inclusontentado meditar sobre los misterios del Rosario del que no se aprecia el contenido, a falta de conocimientos serios.

Tampoco es suficiente leer atentamente la misa, siguiendo los gestos del sacerdote.

Es necesario realizar el misterio que no ocurre más que en el altar, y para ello:

1) No reducir la misa a la acción de únicamente el sacerdote, ni de Jesús únicamente, sino ver ahí la acción del Cristo total.

No hay varias misas celebradas en diferentes momentos del tiempo y en diversos lugares del espacio. No hay más que una misa, la del Calvario, prefigurada por los sacrificios del Antiguo Testamento, «precelebrada» sacramentalmente (es decir simbólicamente y realmente, en Espíritu y en Verdad) en la Cena, el Jueves Santo.

No hay más que una víctima, que no es solamente Jesús de Nazaret, sino el «Cristo total». Ofrecido por el Cristo, Cabeza de la Iglesia, el sacrificio es completo, porque es ofrecido por la Víctima santa y sin mancha, la única agradable al Padre, pero que no recibe su pleno desarrollo en el tiempo y en el espacio más que por la adjunción de los miembros del Cuerpo Místico a su Cabeza y que constituyen con ella el «Cristo total».

Las diferentes misas no son por lo tanto más que el desarrollo en el tiempo y en el espacio de una Misa única, realizada en el Calvario.

2) No reducir en consecuencia la misa al acto de la Consagración, esencial sin duda, pero que no es más que un «momento» de la acción total. Es necesario volver a situarse en el pensamiento de Cristo sobre la Cruz, o bien en la Cena, en la Institución de la Eucaristía. La misa es antes que nada esencialmente el acto de ofrenda de una víctima santa, el Cristo-Jesus, Verbo Encarnado, unido por los lazos de la caridad a los miembros de la Iglesia entera que, santificados por la gracia, participan en la santidad de la única Víctima agradable al Padre; la misa es además una communion en esta Víctima santa, que, una vez acogida por Dios, es de alguna manera entregada a los fieles para santificarlos aún más.

3) No ver solamente en la misa un acto que se desarrolla en el tiempo ya que ella es «la encarnación progresiva en el tiempo y el espacio» de un acto eterno, que es la «alabanza de gloria» (Ef. I,12), que el Verbo divino rinde al Padre, el don total de su Persona a la del Padre, en la unidad de Amor del Espíritu. Realizada en el seno de la Trinidad en un acto único y eterno, esta alabanza de gloria está realizada en la tierra, en el tiempo y en el espacio, por ese mismo Verbo, encarnado esta vez, del cual nosotros somos una «humanidad por añadidura», por el cual nosotros rendimos al Padre, en la unidad del Espíritu Santo, el único sacrificio que le es agradable, para la remisión de los pecados, para la Redención y para la divinización de nuestras almas. Así asociados a la alabanza eterna de gloria que el Verbo rinde al Padre en el seno de la Trinidad, nosotros decimos:

Per Ipsum et cum Ipsum et in Ipsum es tibi Deo patri omnipotenti in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria. Amen. (Por El, con El y en El, a ti Dios Padre Omnipotente todo honor y toda gloria en la unidad del Espíritu Santo)

Dicho de otra manera, no se puede comprender verdaderamente la misa más que en la perspectiva de los tres grandes misterios cristianos: la Trinidad, la Encarnación, la Redención, y del «misterio» que san Pablo anuncia a los Efesios: «que los gentiles son herederos junto a los Judíos, y miembros del mismo cuerpo» (Ef, III, 6)

Abbé Henri Stéphane

miércoles, 27 de abril de 2011

Tú también puedes ser santo

Dios te llama a través de lo diario, de lo cotidiano, de tus compañeros y maestros, de tus tareas, de tus problemas, éxitos y fracasos


Los defectos de los santos

Algunos libros de vidas de santos han omitido las debilidades de sus protagonistas, probablemente porque temían que nos escandalizáramos al saber que fueron hombres y mujeres como nosotros.

Pero precisamente es bueno comprobar que los que están en los altares no son de cera, ni de yeso, ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas comunes que tienen que tomar medicamentos o duermen mal o se distraen en la oración.

Muchos libros han puesto a los canonizados tan distantes de nosotros, que lo único que podemos hacer es admirarlos. Los colocan tan lejos, tan arriba, tan cubiertos de ropajes incómodos y ostentosos, tan desligados de todo lo nuestro, que no hay forma de imitarlos. Estas biografías nos convencen que la santidad no es para nosotros.

Pero las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: ellos luchaban y ganaban, luchaban y perdían y entonces volvían a la lucha.

En la vida de las almas santas hay algunas veces cosas extraordinarias, acontecimientos sobrenaturales, intervenciones claras de Dios. Pero no son éstas las que los llevaron a ser santos, pues las acciones no eran de ellos, sino de Dios. Lo que los hizo santos fue la generosidad en la correspondencia al amor de Dios en su vida ordinaria, en todos los días, los meses, los años en los que no hubo cosas extraordinarias.

Es bueno saber que santa Teresita del Niño Jesús tenía una terquedad invencible desde niña; que san Alfonso María de Ligorio tenía un genio endemoniado; que san Agustín fue un gran pecador antes de su conversión y que santa Teresa de Jesús confesó nunca haber podido rezar un rosario completo sin distraerse.

Es admirable ver a los santos: hombres muy hombres y mujeres muy mujeres, con grandes virtudes, acciones heroicas y fallos garrafales.

La santidad no consiste en subirse a una columna con una palma en la mano y un crucifijo en el pecho. Los santos no son inactivos, siempre se mueven haciendo cosas tan simples como preocuparse por la enfermedad de un hermano, dar de comer al perro, cumplir con su trabajo y hacer con alegría los encargos que les piden.

Estos son los santos de hoy, los que van en el metro, rezan a la Virgen, trabajan en el campo, escriben a máquina, descansan el fin de semana y vuelven todos los lunes al mismo trabajo, preocupándose sólo de hacer extraordinariamente bien aquello que les ha tocado hacer.

por Jesús Urteaga Loidi

Llamados a la santidad

Aquellos que viven una vida en Cristo pueden obtener la Salvación. Nosotros les llamamos santos. La Iglesia pasa ha establecido un proceso muy minucioso para considerar la santidad de una persona fallecida. Sin embargo todos somos llamados a ser santos puesto que la voluntad de Dios es que seamos santos, ya que nada profano puede entrar al Cielo [Apocalipsis 21:27], por eso "nos tenemos que volver santos".

Tenemos una nube de testigos en nuestra Iglesia y les llamamos santos porque ellos han vivido sus vidas de acuerdo al Evangelio [Hebreos 12:1]. Algunos de ellos han hecho milagros, todos son nuestros intercesores ante Dios. La Virgen María es la mas grande de todos los santos. Los cuerpos de algunos santos permanecen incorruptos por cientos anos después de sus muertes como testimonio con un signo de Dios [Hechos 2:27].

Muchos de nosotros perdemos el entusiasmo de vivir una vida de santidad porque nos parece que es algo imposible [Lucas 5:8]. Si esto fuera imposible, el Señor no nos llamaría a la santidad, por eso es nuestro deber responderle a su llamado.

El pecado

El alma es el espejo de la luz de Dios, El mira al alma nuestra como cualquiera de nosotros se mira en un espejo. Cuando pecamos enmugramos la superficie de nuestras almas y no podemos reflejar mas la luz de Dios. El alma es herida por el pecado y se vuelve como un leproso, tan solo la sanación que viene del perdón de Dios le puede restaurar.

El pecado nos separa de Dios, al igual que una pared separa un lado de otro. Nuestros pecados crean una pared tan inmensa que no nos permite llegar a Dios [Isaías 59:2], y puesto que es hecha por nosotros mismos, Dios espera hasta que la derribemos con nuestro arrepentimiento.

Nuestros pecados son oscuridad, Dios es Luz. Nosotros podemos pensar de alguien en un cuarto cerrado, con todas las ventanas y puertas cerradas, sin ninguna grieta que permita que entre la luz, en otras palabras sin ninguna luz. Así es que nosotros vivimos cuando estamos en pecado. La luz de la Gracia de Dios no puede penetrar el mundo de oscuridad que nuestros pecados han creado. Es entonces cuando tenemos que abrir personalmente las ventanas de nuestras almas con el arrepentimiento y el dolor de haber ofendido a Dios para que su luz pueda brillar de nuevo sobre nosotros trayéndonos paz, amor y gozo.

El pecado es algo muy detestable y horrible, en contraste Dios es muy amable y hermoso así que El no puede soportar la vista del pecado, El es perfecto y no puede tolerar las imperfecciones, El es Amor y no puede aceptar el odio.

Todo los opuesto de lo bueno nos impiden tener una relación perfecta con Dios, así que tenemos por eso que destruir el pecado completamente en nuestras vidas para poder vivir para Dios.
Como deshacernos del pecado?

"¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" [Lucas 18:10-14]

Dos hombres vinieron al templo, uno se estaba justificando a si mismo diciendo: Señor gracias por haberme hecho un hombre bueno, yo pago mis contribuciones a la Iglesia, doy limosnas, estudio la ley de los profetas, soy realmente bueno, pero ese hombre que esta allí en aquella esquina es un publicano, verdaderamente un pecador, estoy muy contento de que no soy como el. Mientras tanto el otro hombre estaba dándose golpes de pecho y diciendo "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"

Jesús aseguró que el segundo hombre se fue a casa justificado de sus pecados porque aceptó que era pecador. De la misma manera en otra ocasión alguien llamó al Señor bueno, pero el Señor le contradijo diciéndole que tan solo hay uno quien es bueno, el Padre en el Cielo. Por esto, nosotros no somos buenos. Mientras mas pensemos que lo somos, menos buenos seremos porque estamos permitiendo que el orgullo nos domine.

Tenemos que entender que la única razón por la cual Cristo murió por nosotros es porque su bondad compensa por nuestra maldad. Hemos ofendido a Dios empezando por Adán hasta el ultimo hombre, y la ofensa es de valor infinito porque ha sido hecha no en contra de algo o alguien finito sino en contra de Dios quien es Poderoso e Infinito en todas sus perfecciones. Por esta razón nuestra ofensa tenía que ser pagada con moneda de valor infinito la cual es Cristo Nuestro Señor.

Tenemos una deuda infinita con El, si es que aspiramos a vivir eternamente. Como podemos pagarle? Dios sabe de que somos hechos y El solamente espera que creamos en El, que creamos en Su HIjo y que aceptemos Su Salvación. El nos ha llamado al arrepentimiento, a que enmendemos nuestras vidas para amarle y para amar a nuestro prójimo.

El hombre justo peca siete veces al día [Proverbios 24:16], así que tenemos deveras que pecar aun mas veces que "el". Debemos aceptar que somos pecadores y tenemos que derramar lagrimas de arrepentimiento por nuestros pecados.

Para poder apreciar el Amor de Dios por nosotros, tenemos que familiarizarnos con la Pasión, agonía y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Rey. De esta manera le conoceremos mas y este conocimiento crecerá hasta convertirse en un gran amor de Dios. De la misma manera entenderemos el papel de la Virgen María en nuestra Salvación, puesto que es a través de María que Jesús vino al mundo y nosotros tenemos que convencernos de la deuda que tenemos con Ella quien es nuestra Madre y Reina.

Dios es infinitamente misericordioso [Salmo 103], pero nosotros tenemos que venir al Trono de la Misericordia para obtener perdón por nuestros pecados, tenemos verdaderamente que tener dolor de haber crucificado a Jesús en la cruz y tenemos que venir a El con humildad porque sin El no hay Salvación.

El ha fijado su Trono de Misericordia en el confesionario, donde El nos escucha a través del Sacerdote para que nosotros nos podamos humillar y al confesar los pecados a otro hombre estamos dando testimonio de que Jesús es nuestro Salvador, de que El esta aun vivo a través de los Sacramentos de su Iglesia. "Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos" [Mateo 28:20].

El Sacramento de la Reconciliación produce el fruto de la paz en nuestras almas y nos prepara para ser dignos de recibir el Precioso Cuerpo y la Sangre de Jesús en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía.
http://www.theworkofgod.org/spanish/Libreria/Jose/Santo4.htm

Ser santos hoy

SER SANTOS HOY


Hoy en día hablar de santidad resulta poco menos que chocante para la sensibilidad moderna, tan ocupada en asuntos más importantes. El dinamismo secularizante de nuestros tiempos ha relegado la santidad al campo de lo mítico e incluso de lo anecdótico. Los santos aparecen como seres cuasi legendarios, cuyas pálidas imágenes adornan los oscuros rincones de las iglesias.

Para muchos bautizados el tema de la santidad se presenta no menos distante y ajeno, como un ideal muy digno y encomiable, pero totalmente lejano e inalcanzable. Existe, sí, una profunda veneración y respeto hacia aquellos hombres y mujeres que hicieron de su vida cristiana un testimonio heroico de virtudes, pero también se les percibe como un grupo de elegidos, una suerte de aristocracia espiritual para quienes están exclusivamente reservadas las altas cumbres de la unión con Dios.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II nos recuerda una verdad fundamental, siempre presente en la vida de la Iglesia pero que hoy en día adquiere una especial resonancia para los hombres y mujeres de nuestro tiempo: "Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre" (Lumen gentium, 11).

¡Sí! ¡Todos estamos llamados a ser santos! Dios mismo "nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1, 4). Ése es el camino de plenitud al cual nos invita el Señor Jesus: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48). No basta, pues, con ser buenos, con llevar una vida común y corriente como todo el mundo, sin hacerle mal a nadie. El Señor Jesús nos invita a conquistar un horizonte muchísimo más grande y pleno: la gran aventura de la santidad. Ésa es la grandeza de nuestra vocacion: "Porque ésta es la voluntad de vuestro Dios: vuestra santificación" (1Tes 4, 3).

SANTIDAD Y REALIZACIÓN PERSONAL

Este camino de plenitud que todos estamos invitados a recorrer es el único que verdaderamente conduce hacia nuestra plena realización personal. En efecto, santidad y realización personal se identifican. El llamado a ser santos es un llamado a ser persona humana abierta al encuentro con Dios.

Y es que el ser humano está sellado en lo más hondo de su mismidad por una intensa necesidad de infinito, por una profunda hambre de trascendencia y plenitud. Esta dimensión tan esencial de la persona se traduce en aquella aspiración al encuentro presente de manera constitutiva en sus dinamismos fundamentales. El ser humano, imagen y semejanza de Dios, ha sido creado para abrirse desde su libertad al encuentro con Dios, Comunión de Amor, y, análogamente, con los demás hombres. De ahí que el hombre sólo puede encontrar su realización plena y definitiva recorriendo la dirección hacia donde apuntan los dinamismos fundamentales presentes en su yo profundo.

En el Señor Jesús, fuente y modelo de toda santidad, encontramos la verdadera identidad de nuestro ser, el horizonte al que debemos dirigirnos para alcanzar la plenitud que anhelamos. Al adherirnos existencialmente a Él ingresamos en la dinámica del encuentro. La santidad es un proceso configurante que se da a través de una profunda transformación interior, de manera que pueda repetir con el Apóstol: "Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gál 2, 20).

La opción fundamental por el Señor Jesús se presenta, pues, como camino ineludible para todo aquel que desde su libertad busca ser fiel a su propia humanidad.

GRACIA Y LIBERTAD

La santidad aparece ante nosotros como un apasionante desafío. Se trata de un largo camino por recorrer, no exento de dificultades. Ser santos no es algo fácil. Nunca lo ha sido. Pero tampoco se trata de algo imposible, pues es la fuerza de la gracia la que nos guía y sostiene.

Sin embargo, para que la acción de la gracia sea eficaz, requiere de nuestra cooperación libre y activa. No basta con decir "Señor, Señor" (Mt 7, 21). Es necesario realizar un esfuerzo serio y responsable por corresponder a los dones de Dios, despojándonos de todo aquello que impide al don de la reconciliación fructificar en nosotros, buscando reordenar nuestras facultades y potencias heridas por el pecado, así como revistiéndonos de los hábitos y virtudes contrarios, según el Plan de Dios. De esta manera, gracia y libertad humana se encuentran en un fructífero proceso que conduce hacia nuestra santificación.

SANTOS EN MEDIO DEL MUNDO

Las características de nuestro tiempo nos muestran un modelo de santidad para el creyente hodierno. Sin negar la validez de otros modelos de santidad, el santo de nuestro tiempo no destaca por una forma de existencia extraordinaria, llamativa y fuera de lo común, sino que es aquel que vive su vida ordinaria con tal intensidad, que hace de ella un culto agradable a Dios, así como un elocuente testimonio del amor de Cristo en medio del mundo.

El santo de nuestro tiempo descubre en las realidades terrenas un ámbito de realización personal querido por Dios. Su presencia y compromiso en medio del mundo según el designio divino configuran tanto su identidad personal como su propia realización y felicidad. Esta presencia se traduce en acción transformante por medio del amor, acción que brota de un compromiso profundo con el Señor y que se manifiesta en el silencio de las actividades ordinarias de cada día, a semejanza de nuestra Madre María.

catolic net

Todos llamados a ser santos

Tu también puedes ser santo

Seguramente habrás oído a alguien decir que todos los cristianos estamos llamados a ser santos y tal vez no puedes imaginarte a ti mismo como estatua de yeso en el altar de una Iglesia, rodeado de veladoras y reliquias. Tal vez te parezca ridículo pensar que se fabriquen estampitas con tu fotografía, a la que le hayan sobrepuesto una coronilla refulgente alrededor de la cabeza.

Sin embargo, ser santo no tiene nada que ver con las estatuas y las estampitas. Ser santo es llegar al cielo para estar con Dios y a eso es a lo que estás llamado desde que fuiste concebido en el seno de tu madre.
Seguramente también habrás oído a algún pesimista decir que este mundo no tiene remedio, que va directo a la perdición. Pero esto no será cierto si tú no lo permites.
Es verdad que el ambiente es difícil, que la Iglesia tiene muchos problemas, que hay muchísima gente caminando por senderos equivocados, pero eso ha sucedido siempre.
Desde el principio de la humanidad, han sido sólo unos cuantos los que han seguido a Dios y en ellos Él ha puesto toda su confianza. Dios, el ser supremo, el omnipotente, el omnipresente, siempre ha querido necesitar del hombre para salvar al hombre y con unos cuantos que le han respondido ha podido lograr que la Iglesia sobreviva, a pesar de todos los ataques que ha sufrido externa e internamente.

Dios llama a todos, pero sólo unos cuantos le responden. Ésos son los santos: hombres y mujeres llenos de debilidades y defectos que se han puesto a la disposición de Dios; que han estado dispuestos a darle cinco panes y dos peces para que Él pueda dar de comer a cinco mil hombres; que le han prestado una casa para que Él instaure la Eucaristía; que han quitado piedras de los sepulcros para que Él resucite a los muertos. Hombres y mujeres que se han animado a ser fermento, a ser sal, a ser luz para iluminar a los demás.
El pertenecer a esos pocos que escuchan y responden a Dios sólo depende de ti. Dios pide tu ayuda, cuenta contigo para salvar a muchísimos hombres, pero sólo tú eres el encargado de responderle positiva o negativamente.

Dios te llama a través de lo diario, de lo cotidiano, de tus compañeros y maestros, de tus tareas, de tus problemas, éxitos y fracasos. Todo lo que pasa a tu alrededor es un mensaje divino que te llama a ser santo ahí donde Dios te ha puesto, en esa casa, en esa escuela, en ese trabajo, con esos compañeros y esos hermanos para que los transformes con tu luz.


Comentarios al autor: lplanas@catholic.net

lunes, 25 de abril de 2011

MÁXIMAS ESPIRITUALES DE SAN RAFAEL ARNÁIZ. Homenajeamos al santo en su dia 26 de abril

¡Qué grande es Dios! ¡Qué bien ordena los acontecimientos siempre para su gloria!

¡Sólo Dios llena el alma..., y la llena toda!

La verdadera felicidad se encuentra en Dios y solamente en Dios.

El que no tiene a Dios necesita consuelo; pero el que ama a Dios, ¿qué más consuelo?

¡Cómo se inunda mi alma de caridad verdadera hacia el hombre, hacia el hermano débil, enfermo...! Si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo.

Al amar a Jesús, forzosamente se ama lo que El ama.

La única verdad es... Cristo.

He hecho el votó de amar siempre a Jesús. Virgen Maria, ayúdame a cumplir mi voto.

Para Jesús todo, y todo, para siempre, para siempre.

No le bastó a Dios entregarnos a su Hijo en una Cruz, sino además nos dejó a Maria.

Honrando a la Virgen, amaremos más a Jesús; poniéndonos bajo su manto, comprenderemos mejor la misericordia divina.

¡Qué grande es Dios, qué dulce es María!