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Todos tenemos el compromiso de asumir la responsabilidad, de responder como Hijos de Dios ,buscando siempre lo más perfecto, lo más bueno y rechazando todo mal . El cristiano solo se pone mal cuando ofende a los hermanos y no por el mal recibido,

viernes, 30 de abril de 2010

En el camino de santificacion debemos trabajar en determinarnos en ser hombres y mujeres virtuosos. Aqui dejo una sintesis acerca de las virtudes


Las virtudes son el patrimonio moral del hombre. Ellas le ayudan a comportarse bien en toda circunstancia, es decir, a hacerle bueno en el sentido más verdadero y completo. Ningún hombre nace bueno o malo, como nadie nace médico o artesano, pero de la naturaleza recibe la capacidad para llegar a serlo. Y el deber de ser virtuosos, es decir, buenos en el sentido auténtico, debe ser un empeño de todos porque todos deben buscar mejorar moralmente. No existe otra posibilidad: o se hace uno mejor o se hace peor. Esto significa o que se adquieren las virtudes o nos abandonamos a los vicios.

El hombre se encuentra frente a una bifurcación: no se puede no elegir. Se elige el bien, mejora; en caso contrario empeora. Por ejemplo, quien elige ser mesurado en la mesa, hoy, mañana, etc., se hace sobrio y libre ante las atracciones de la comida. Por el contrario, quien es desordenado, hoy, mañana, etc., se hace viciosos y esclavo de los impulsos del momento.

El hombre virtuosos es un persona verdaderamente libre. El fumador empedernido esta sometido por el tabaco, el alcoholizado no es una persona libre para elegir en materia de alcohol, el drogadicto es una persona encadenada. Son todos ejemplos de esclavitud.

La adquisición de las virtudes es el único camino para ser verdaderamente libres, maduros, dueños de las propias acciones. Se comprende entonces la importancia vital del mandato de Jesús: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 48). Lo que significa: haceros virtuosos, es decir, buenos, haced el bien imitando a vuestro Padre celestial.

36. ¿Qué es la virtud?

La virtud es un hábito bueno que hace al hombre capaz de cumplir el bien de un modo fácil y gratificante.

37. ¿Cómo se dividen las virtudes?

La distinción fundamental es entre virtudes adquiridas, es decir, que se adquieren con nuestro esfuerzo a través de la repetición de acciones buenas, y virtudes infusas, es decir, recibidas como don de Dios junto con la gracia santificante.

38. ¿Cuáles son las principales virtudes adquiridas?

Las virtudes adquiridas, llamadas también virtudes morales, se reagrupan en torno a cuatro virtudes fundamentales, llamadas cardinales, y que son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

39. ¿Qué es la prudencia?

La prudencia es la virtud que nos dispone para comprender en toda circunstancias lo que hay que hacer.

40. ¿Qué es la justicia?

La justicia es el firma propósito de dar a cada uno lo que le es debido.

41. ¿Qué es la fortaleza?

La fortaleza es la constancia para alcanzar el bien y la capacidad de superar los obstáculos que a ello se oponen.

42. ¿Qué es la templanza?

La templanza es el pleno dominio de sí mismo que nos pone en condición de no dejarnos vencer por los placeres de los sentidos.

43. ¿Cuál es la utilidad de estas virtudes?

Las virtudes cardinales, y en general todas las otras virtudes morales ligadas a ellas, nos permiten cumplir el bien prontamente, con naturalidad y con alegría.

44. ¿Es posible hacer el bien sin las virtudes?

Sin las virtudes el hombre puede hacer alguna acción buena, si quiere, pero la mayoría de las veces puede hacerlo sólo con fatiga y con esfuerzos, por lo cual no puede ser constante en el bien.

45. ¿Cuáles son las principales virtudes infusas?

Las principales virtudes infusas son la fe, la esperanza y la caridad, que toman el nombre de virtudes teologales porque se refieren directamente a Dios.

46. ¿Qué es la fe?

La fe es la virtud teologal mediante la cual creemos firmemente lo que Dios ha revelado y la Santa Iglesia nos propone como verdades que hay que creer.

47. ¿Es necesario creer todas las verdades reveladas?

Es necesario creer todas las verdades reveladas por Dios y propuestas infaliblemente por el Magisterio de la Iglesia. Si se niega una sola verdad no se es católico.

48. ¿Cómo se puede volver a ser creyente católico?

Se puede recobrar la fe perdida y volver así a ser creyente católico arrepintiéndose del pecado cometido y creyendo de nuevo todo lo que la Iglesia enseña. Sin embargo, es necesario tener presente que quien ha renegado expresamente de la fe debe también pedir a la autoridad competente la absolución de la excomunión en la cual ha incurrido con tal pecado.

49. ¿Qué es la esperanza?

La esperanza es la virtud teologal gracias a la cual deseamos y aguardamos la vida eterna que Dios nos ha prometido, y las ayudas necesarias para obtenerla.

50. ¿En qué se funda nuestra esperanza?

Nuestra esperanza se funda en la misericordia de Dios y en los méritos de Jesucristo, Nuestro Salvador.

51. ¿Qué es la caridad?

La caridad es la virtud teologal mediante la cual amamos a Dios sobre todas las cosas en cuanto bondad infinita que nos llama a participar de su misma vida mediante la gracia, y amamos al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

52. ¿En qué medida debemos amar a Dios?

Debemos amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, es decir, sin medida.

53. ¿Hay un grado mínimo en la caridad?

La caridad exige como mínimo que se esté dispuesto a renunciar a cualquier bien creado antes de ofender a Dios con el pecado mortal.

54. ¿La caridad puede alcanzar la perfección en esta vida?

Se dice que en esta vida la caridad es perfecta cuando excluye no sólo todo pecado mortal o venial deliberado, sino también todo aquello que puede impedir amar a Dios con todo el corazón. El cristiano que ha alcanzado este grado de amor vive en plenitud las bienaventuranzas evangélicas.

55. ¿Cuáles son las bienaventuranzas evangélicas?

Las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Jesús en el sermón de la montaña (Mt 5, 3-10) son:

- Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
- Bienaventurados los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
- Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.
- Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
- Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
- Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios.
- Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque ellos es el Reino de los cielos.

56. ¿A quién se dirige la virtud de la caridad?

La virtud de la caridad se dirige ante todo a Dios, y después se extiende también a nosotros mismos y a nuestro prójimo, es decir, a todos los hombres indistintamente, como también a los ángeles del cielo.

57. ¿Debemos amar también a los enemigos?

Debemos amar también a los enemigos, porque Dios los ama y quiere que se salven. Y se nos pide como mínimo que no los excluyamos de aquellos signos de buena educación que mostramos generalmente a todos los hombres.

58. ¿Cómo se puede perder la caridad?

La caridad se pierde cuando se comete cualquier pecado mortal.

59. ¿Cómo se puede recobrar la caridad perdida?

L caridad perdida se puede recobrar solo con el sacramento de la Penitencia o Confesión, o al menos con un acto de constricción perfecta unido al propósito de confesarse.

60. ¿Qué son los dones Espíritu Santo?

Los dones del Espíritu Santo son disposiciones permanentes, ligadas a la caridad, que hacen al hombre dócil para seguir las inspiraciones del Espíritu Santo.

61. ¿Cuántos y cuáles son los dones del Espíritu Santo?

Los dones del Espíritu Santo son siete, a saber: la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la ciencia la piedad y el temor de Dios.

62. ¿Quién tiene los dones del Espíritu Santo?

Los dones del Espíritu Santo se encuentran en quien posee la caridad. Como la caridad pueden ser más o menos intensos. Su mayor influjo caracteriza la vida mística.

Ama y haz lo que quieras ¡qué profunda expresión!


San Agustín:
Para hablar de San Agustín necesitaríamos de una enciclopedia completa, no sólo por su vida, sus obstáculos y sus respuestas y su obra misma, sino porque él mismo escribió una serie de libros y sermones muy inspiradores. Mencionaré aquí tan solo una pequeña frase de él: Ama y haz lo que quieras.

Ama y haz lo que quieras ¡qué profunda expresión! Si amamos podemos hacer lo que queramos ¿cómo está esto? En primer lugar a ¿quién hay que amar? "Amarás al Señor tu Dios..." Y en segundo lugar "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Si amamos a Dios, a mí y al prójimo, no buscamos el mal sino el bien. No encontramos vacío sino satisfacción divina. Si amamos le procuramos el bien a todos. Si amamos estamos en el camino correcto, en el camino que Dios nos ha trazado y que espera que elijamos. Si amamos podemos hacer lo que queramos, porque todo lo que queramos estará orientado por Dios. El ya nos ha dicho que hacer. El ya nos dió Sus Mandamientos. Ama y haz lo que quieras, que lo que quieras será siempre lo que Dios quiera.

Quod isti et istae potuerunt tu non poteris?

Lo que éstos y éstas pudieron ¿no lo podrás tú también? Todos podemos ser Santos. Este es el mensaje que nos dan todos los Santos.

San Agustín trataba de convertirse. Atraído por el ideal de santidad y de pureza que veía en el Cristianismo, quería llegar a él. Pero sentía en su carne la huella del pecado hecho ya hábito, y el ideal de pureza cristiana se le hacía inalcanzable. Pero al mismo tiempo veía desfilar ante sí la multitud de Santos. Y los veía niños, jóvenes, adultos y ancianos, lo mismo hombres que mujeres, lo mismo amas de casa que trabajadores de la construcción, lo mismo sacerdotes que campesinos, lo mismo maestras que profesionistas de las diversas áreas.

Todos estamos llamados a ser Santos.

Dios le llamaba, como nos llama a cada uno de nosotros. Y al igual que muchos de nosotros, estaba confundido. Su madre, Mónica (que también llegó a ser Santa) rezaba por él todos los días, durante muchos años, y derramando intensas lágrimas le pedía a Dios por la conversión de su hijo. Fue entonces, cuando iluminado por la gracia, Agustín cambió radicalmente su
vida, respondiendo así al llamado que Dios le hacía.

Y lo que San Agustín pudo ¿no lo podrás tú también?

Se relata en sus memorias que tiempo después de su conversión, cuando caminaba por una calle, unas muchachas le llamaban con insistencia 'Agustín, Agustín' le gritaban, '¿no nos reconoces? Somos las mismas'. Agustín se detuvo, volteó y les dijo: "En cierto que ustedes son las mismas, pero yo, ya no soy el mismo".

¿Eres débil? Ellos, los Santos, también lo fueron. ¿Te llegan tentaciones? También a ellos. ¿Has caído muchas veces? Quizá muchos de ellos también. ¿Te parece angosto el camino? El de ellos también. ¿Podrás ser Santo? Ellos pudieron. ¿Necesitas de la ayuda de Dios? Desde luego, ellos pudieron gracias a Dios. Pero Dios siempre nos ayuda, es sólo que a veces queremos hacerlo sin su ayuda y sin El nada podemos.

Quod isti et istae potuerunt tu non poteris?
Lo que éstos y éstas pudieron ¿no lo podrás tú también?

Elegidos para ser santos e inmaculados

Para que la solemnidad de la Inmaculada Concepción no se quede en mera celebración de los «privilegios» de María, sino que nos toque y nos implique profundamente, debemos comprenderla a la luz de las palabras de Pablo en la segunda lectura: «Dios Padre nos ha elegido en Jesucristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor». Todos, por lo tanto, estamos llamados a ser santos e inmaculados; es nuestro verdadero destino; es el proyecto de Dios sobre nosotros. Poco más adelante, en la misma Carta a los Efesios, Pablo contempla este plan de Dios refiriéndolo no ya a los hombres singularmente considerados, cada uno por su cuenta, sino a la Iglesia Universal esposa de Cristo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27).

Una humanidad de santos e inmaculados: he aquí el gran proyecto de Dios al crear la Iglesia. Una humanidad que pueda, por fin, comparecer ante Él, que ya no tenga que huir de su presencia, con el rostro lleno de vergüenza como Adán y Eva tras el pecado. Una humanidad, sobre todo, que Él pueda amar y estrechar en comunión consigo, mediante Su Hijo, en el Espíritu Santo.

¿Que representa, en este proyecto universal de Dios, la Inmaculada Concepción de María que celebramos? La liturgia responde a esta pregunta en el prefacio de la Misa del día, cuando dirigiéndose a Dios canta: En Ella has señalado el «comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura... Entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad». He aquí, entonces, lo que celebramos en esta solemnidad en María: el inicio de la Iglesia, la primera realización del proyecto de Dios, en la que existe como la promesa y la garantía de que todo el plan irá hacia su cumplimiento: «¡Nada es imposible para Dios!». María es la prueba de ello. En Ella brilla ya todo el esplendor futuro de la Iglesia, como en una gota de rocío, en una mañana serena, se refleja la bóveda azul del cielo. También y sobre todo por esto María es llamada «madre de la Iglesia».

María no se presenta, en cambio, sólo como aquella que está detrás de nosotros, al comienzo de la Iglesia, sino también como quien está ante nosotros «como modelo de santidad para el pueblo de Dios». Nosotros no hemos nacido inmaculados como, por singular privilegio de Dios, nació Ella; es más, el mal anida en nosotros en todas las fibras y en todas las formas. Estamos llenos de «arrugas» que hay que estirar y de «manchas» que hay que lavar. Es en esta labor de purificación y de recuperación de la imagen de Dios en la que María está ante nosotros como poderosa llamada.

La liturgia habla de Ella como de un «modelo de santidad». La imagen es justa, a condición de que superemos las analogías humanas. La Virgen no es como las modelos humanas que posan, inmóviles, para dejarse pintar por el artista. Ella es un modelo que obra con nosotros y dentro de nosotros, que nos lleva la mano al representar las líneas del modelo por excelencia, suyo y nuestro, que es Jesucristo, para hacernos «conformes a su imagen» (Rm 8, 29). Es de hecho «abogada de gracia» antes aún que modelo de santidad. La devoción a María, cuando es iluminada y eclesial, en verdad no desvía a los creyentes del único Mediador, sino que les lleva hacia Él. Quien ha tenido la experiencia auténtica de la presencia de María en la propia vida sabe que ésta se determina por entero en una experiencia de Evangelio y en un conocimiento más profundo de Cristo. Ella está idealmente ante todo el pueblo cristiano repitiendo siempre lo que dijo en Caná: «Haced lo que Él os diga».
Padre Raniero Cantalamessa

Citas para meditar a cerca de la santidad

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

*
Todos estamos llamados a ser santos: Lev 20, 26; Mt 5, 48; Ef 1, 4; 1Tes 4, 3; 1Pe 1, 15-16.
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La santidad es camino de plenitud: Dt 30, 9; Sal 128(127), 1; Mc 10, 29-30; Rom 8, 1-2.11; 1Cor 1, 4-8.
*
Exige nuestra activa cooperación: Jer 17, 1; Jer 31, 18; Zac 1, 3; Mt 7, 21-27.
*
La santidad consiste en conformarnos a Cristo: Rom 8, 29; Gál 2, 19-20; Ef 3, 17-19; Flp 1, 21; Flp 3, 7-14.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

1. ¿Cómo vives el llamado a la santidad?
2. ¿Cuáles son los principales obstáculos para ser santos?