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Todos tenemos el compromiso de asumir la responsabilidad, de responder como Hijos de Dios ,buscando siempre lo más perfecto, lo más bueno y rechazando todo mal . El cristiano solo se pone mal cuando ofende a los hermanos y no por el mal recibido,

sábado, 26 de noviembre de 2011

viernes, 25 de noviembre de 2011

Siervo de Dios, Venerable, Beato, Santo

por Arnaldo Cifelli


El concepto de “santo” existe en otras religiones, aunque no exactamente con el mismo significado nuestro. La religión católica romana es la única que posee un mecanismo formal, continuo y altamente racionalizado para llevar a cabo el proceso de canonización de una persona. Solo en la iglesia de Roma se encuentra un número de profesionales cuyo trabajo consiste en investigar la vida de quienes han sido considerados santos por su comunidad o conocidos.

* La declaración oficial de santidad de una persona se denomina canonización. Esta palabra procede del griego: kanon. Tiene varias aplicaciones. Pero en nuestro caso significa “lista”: canonizar a una persona es ponerla en la lista de los santos.

* El papa Gregorio IX formalizó el proceso y en el año 1234 las canonizaciones (= la declaración oficial de santidad de una persona) quedaron reservadas al Papa. Él debe aprobar los trabajos de los muchos especialistas que intervienen en el proceso y convalidar los milagros requeridos.

* La Iglesia, al declarar “santa” a una persona es infalible: al proponerla como modelo y realización de vida cristiana, la Iglesia no puede fallar, por la presencia activa de Cristo y su Espíritu.

* Al declarar “santa” a una persona, después de un largo y complejo proceso, la Iglesia asegura que esa persona está, con toda certeza, junto a Dios; y ha vivido el evangelio en su espíritu y específicamente, en determinadas virtudes, en grado heroico. En consecuencia la presenta como modelo de conducta evangélica e intercesora ante Dios.

* La canonización implica también que esa persona debe recibir veneración (culto) universal; que el creyente puede rezar confiadamente en ella; que su nombre se inscriba en la lista (canon) de los santos de la Iglesia; y se la “eleve a los altares” es decir, se le asigne un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia entera, y se le puedan dedicar capillas, iglesias y santuarios. (La fecha de la fiesta es el día de “su nacimiento para la eternidad”)

Antes de la canonización

El santo debe pasar por tres etapas:

1. Siervo de Dios

El proceso de canonización tiene una fase inicial muy importante. Se trata de constatar si la persona muerta en concepto de santidad ha vivido las virtudes evangélicas en grado heroico. Para ello se investiga su conducta, actitudes, obras, escritos, y el testimonio de quienes la han conocido. Si el resultado lo merece, se la declara Siervo de Dios

2. Venerable

Es un “salto” muy importante. Supone confirmar la heroicidad de sus virtudes. El Papa promulga, en un decreto, que esa persona es “digna de veneración”, es venerable. La veneración ha de ser privada y nunca en actos públicos.

3. Beato

En rigor, la “investigación” sobre la vida real del “venerable” continúa. Pero no son los mayores atributos de caridad y virtudes heroicas que quizá sigan apareciendo los que transforman al “venerable” en Beato. Se requiere un milagro obtenido a través de la intercesión del venerable y verificado después de su muerte. (El milagro no es requerido si la persona ha sido reconocida mártir. Pero también en este caso se examina su vida.) El milagro (generalmente la curación de una enfermedad física debe ser probado a través de una comisión de expertos en medicina y teólogos. El estudio es muy exhaustivo, sin ningún margen de error.

El Beato es venerado públicamente, pero sólo en la Iglesia local (diocesana o nacional) o en su familia religiosa. A ese propósito la Santa Sede autoriza una oración especial para el beato y una Misa en su .honor. No se lo propone a toda la Iglesia ni se incluye en el Calendario romano.

Santo

Es la máxima “distinción” que la Iglesia atribuye a sus hijos. Habiendo llegado a Beato, el candidato ha superado la parte más difícil del camino hacia la canonización. Pero para “llegar a la meta” le falta otro milagro. Este debe ocurrir después de la beatificación. La Iglesia lo considera el “signo” de que Dios sigue obrando por su intercesión y desea que sea propuesto a la veneración universal. El proceso para verificarlo es igual al practicado para la beatificación.(Hasta no hace mucho la regla era dos milagros para la beatificación y otros dos para la canonización). Necesitamos saber que el título de Santo no le agrega más virtudes o santidad al Beato. Como definió Benedicto XIV, “es la última y definitiva sentencia de la santidad”.

Con la bula de canonización el Papa declara que el candidato DEBE ser venerado (ya no se trata de un mero permiso) como santo por toda la Iglesia universal.

“Los santos son al Evangelio,
lo que el músico es a la partitura”

San Francisco de Sales

"De nada sirve admirar a los santos,
lo que aprovecha es imitarlo"

San Francisco de Asís


Argentina fue testigo de 12 milagros que permitieron la beatificación y canonización de diversos Siervos de Dios, muchos de ellos argentinos. Se produjeron por la intercesión de:

- Madre María Josefa Roselló (1911)
- Pbro. Miguel Garicoits (2 milagros. 1935)
- Madre Nazaria Ignacia March Mesa (1964)
- Madre María del Tránsito Cabanillas (1970)
- Don Zatti (1980)
- Pbro. Guillermo Chaminade (1991)
- Sor María Ludovica de Angelis (1992)
- Madre Maravillas de Jesús (1998)
- Pbro. Faustino Miguez
- Madre María Mantovani (1999)
- Ceferino Namuncurá (2000)

(CRISTO HOY, 17 al 23 de febrero de 2011)

jueves, 18 de agosto de 2011

CLEONICE MORCALDI hija espiritual del Padre Pio







No se pueden conocer la Persona y los sentimientos de Padre Pio sin un aproche con su escritos a Cleonice Morcaldi. Y esto, algunos biógrafos lo han entendido evidenciando la enferma hora extra que Cleonice nutre para su "Padre espiritual" y la ternura paternal y materna, que Padre Pio nutre para esta hija espiritual predilecta. Muchos testimonios escritos revelan la intensa relación espiritual entre estas dos almas le consagradas a Dios.

Cleonice a menudo se comporta, en su sencillez como una niña respecto a Padre Pio. Y ya que no le es siempre posible encontrarlo y hablarle, maquina la estratagema del "diálogo escrito", a distancia. Sobre una hoja escribe las preguntas, dejando un espacio libre después de cada uno, de modo que el Padre pueda poner sus risposte.
Decenas y decenas de hojas llenadas de este modo, con la escritura de Cleonice Morcaldi entrelazada a la de Padre Pio. Queremos representar aquí, entre los más significativos, algunos billetes escritos entre Cleonice y su "Papá" espiritual:

- Un sacerdote me ha dicho que hace falta separarse de ti, para gustarle a Dios.
- Tú le dirás: hace falta separarse de quien nos aleja o nos distrae de Dios, no de quién nos lleva a Dios.
¿- Cuánto dudas me vienen!.... Pero.... ya no tendré fe? Dime una palabra.
¡-, sonriente, Está tranquila, el Dios resplandece en tu ánimo!
¡- Menos mal que el Dios me ha dado tí para guía!
- El Dios ha provisto. ¡El Dios es providencia!
¡- Eres justo un sol que calienta todo y todo!
¡- Y tú eres la estrella de la mañana que resplandece y calienta mi corazón!
¿- Si encontraras una criatura más voluntariosa y buena, que sea la tuya querida, me querrás el mismo?
- Rechazo todo. Tú serás para siempre.
¿- Quién me dará que querer Jesús en la aridez de espíritu?
- Yo te la daré esta gracia; te lo conseguiré de Jesús.
- La gente murmura porque estoy vecina a tu confesionario. ¡Son muchos de ello otras! ¿Y luego, que hago de mal? Ruego y de vez en cuando te miro, pienso en lo que sufres y de ello dò le ensalza a Dios.
¡- Canta y deja cantar! Si se te sienta bien al alma sigue haciendo lo que siempre has hecho. -
¿- Quién compensará mucho sacrificio y amor?
- Tú eres mi recompensa"

La santa misa y la "confesión", el cardenal Corrado Ursi escribe, "fueron el centro de todo el testimonio de Padre Pio y la romería a San Giovanni Redondo tuvo como meta, más que la humilde figura del fraile, el altar y el confesionario por una ansiedad de renovación espiritual en Cristo."

Padre Domenico Mondrone, sobre Civilización Católica apunta "Quien os ha asistido también una sola vez, ya no ha olvidado la misa de Padre Pio, tanto viva fue la impresión de ver anular cada distancia de tiempo y espacio entre el altar y el Calvario", qué realmente ocurriera en el ánimo, en el corazón de Padre Pio, durante aquel ritual que lo pone en directo contacto con Cristo crucificado, de que Él lleva sobre su cuerpo las señales de la pasión, queda un misterio. Pero un misterio alumbrado una vez más por estos famosos "billetes escritos a mano" de Cleonice Morcaldi, con la respuesta escrita de Padre Pio. Algunos de estos breves diálogos escritos nos ayudan a entrever los sentimientos más íntimos del Padre estigmatizados durante la celebración de la Santa Misa:

¿- Padre, qué es vuestra misa?

-Un cumplimiento sagrado de la pasión de Jesús.

¿- Qué debbo ligeros en vuestra Santa Misa?

-Todo el Calvario.

- Padre, dígame cuánto sufrís en la Santa Misa.

-Todo lo que ha sufrido Jesús en su Pasión, inadecuadamente, yo también lo sufro, por cuánto a humana criatura es posible. Y eso contra cada mi demérito y por sola bondad suya.

¿- Padre, es verdadero que durante la Misa sufrís el suplicio de la coronación de espinas?
¿- Y lo dudas?

¿- Os he visto temblar mientras subisteis los peldaños del altar. Por qué? ¿Por lo que tuvisteis que sufrir?
- No para lo que tuve que sufrir, sino para lo que tuve que ofrecer.

¿- Por qué casi siempre lloráis, Padre, cuándo leéis el Evangelio?
¿- Y te parece poco que un Dios conversa con sus criaturas? ¿Y que sea de ellos? ¿y que sea herido continuamente por su ingratitud e incredulidad?

¿- Por qué lloráis al ofertorio?
¿- Querrías arrancarme el secreto? E incluso sea. Entonces es el momento que el alma es separada por el profano.

- Me lo decís porque sufrís mucho en la consagración.
- Porque está justo allí que ocurre una nueva y admirable destrucción y creación. Los secretos del Sumo Rey no se revelan sin profanarlos. ¿Me preguntas por qué sufro? ¡No lágrimas, pero arroyos de lágrimas querría verter! ¿No reflejas al terrible misterio? Un Dios víctima de nuestros pecados!... Nosotros, luego, somos sus carniceros.


¿- Padre, por qué no nos cedéis también a nosotros algo de vuestra pasión?
- Los collares del Novio no se regalan a nessuno".

Entre los innumerables carismas, aquel del lagrimeo es ciertamente aquél que, a primera vista, semeja pertenecer al ordinario. En realidad, como los Maestros de la mística también nos enseñan, ello pertenece a los regalos del Espíritu. Padre Leone, condiscípulo de Padre Pio durante los años 1903-1908, da este testimonio en respeto a los años pasados en el studentato:

"Rogando, Padre Pio siempre lloró, en silencio y tan abundantemente que sus lágrimas dejaron las huellas sobre las losas de piedra del coro. Nosotros frailes nos burlamos de él. Entonces él tomado la costumbre de stender por tierra, delante de si, su gran pañuelo cuando se arrodilló para rogar. Después del ruego, él retomó el pañuelo que fue todo mojado. En realidad además de ser un carisma del Espíritu, aquel de las lágrimas también es la natural consecuencia de la extraordinaria dimensión de fe de Padre Pio. Él llora porque toca con mano la miseria humana, pero sobre todo porque advierte, en su experiencia mística, la sublimidad, el tamaño, los latidos de un Dios misericordioso e infinitamente bueno y amoroso. No se puede negar que, si de una parte él vive una vida inmersa en el mar infinito del abrazo de Dios, de la otra las penas físicas, morales, y espirituales, le pesan, como peñascos, por toda su existencia. Son lágrimas que devuelven manifiesta su extraordinaria sensibilidad humana, su corazón inocente frente a la cruz, a la enfermedad, a las incomprensiones. Porque también Padre Pio, a pesar de su invicta fortaleza, a menudo padece indiciblemente hasta llorar. Hay un episodio de los años 1930-33, que demuestra como, a pesar de la aparente imperturbabilidad frente al mal recibido, sufra intensamente en su corazón. Este hecho es conectado con la llegada en el convento de S.Giovanni Redondo de una serie de prohibiciones impartidas por el Santo Ufficio. se niega el carácter sobrenatural de los estigmas y se pregunta su traslado en otro convento, ordenando la interrupción de cada correspondencia del Padre con los hijos espirituales. También, Padre Pio recibe el orden de no celebrar en público la Santa Misa. Desde ahora en luego tiene que celebrar en la capilla interior del convento, sin alguna participación de pueblo. El texto de estas disposiciones severas emanadas por el Santo Ufficio llega a convento con los "Analecta Capuchinorum", la revista oficial del orden, que promete de ello la redacción en latín". Pero escuchamos el testimonio de Emmanuele Brunatto, aficionado hijo espiritual de Padre Pio que, en este período, vives en el convento de S. Giovanni Rotondo: "El padre superior estaba leyendo el decreto a los cofrades, que fueron aturdidos de ello, cuando sintió el paso de Padre Pio. Se preocupó de desplazar el folleto, poniéndolo sobre una esquina de la mesa pero Padre Pio, enseguida después de haber entrado, miró la publicación y la abrió justo a la página la página dónde hubieron las disposiciones que lo concernieron. Leyó el texto en silencio, sin que un músculo de su cara traicionara la más pequeña emoción. Después de qué, simuló de nada y llevó la conversación sobre un argumento completamente diferente. Cuando llegó el momento del descanso postmeridiano, se apartó. Yo le fui detrás. Llegado a la celda, fue a cerrar los impuestos de la ventana y se paró como algún instante para contemplar de lejos el llano soleado de Foggia. Luego a la improvisación, se volvió echándose a llorar. Me tiré a sus pies y le abracé las rodillas: Mi "padre, ella sabe cuanto lo queremos! nuestro amor tiene que serle de consuelo". lo contestada fue dura, casi un reproche: "¿Pero no entiendes, mi hijo, que no lloro para mí? Tendré menos trabajo y más méritos. Lloro para todas aquellas almas que son privadas mi testimonio justo de aquellas personas que deberían defenderla".


Las etapas de la vida de Padre Pio de Pietrelcina
Una vida para el amor


Padre Pio de Pietrelcina Fraile Pio
Sacerdote y victima Pietrelcina nueva Belén
Es como a Jesús La salida para Foggia
S. Giovanni Rotondo Los collares del Novio
Los médicos llegan La vuelta a la normalidad
Cleonice Morcaldi Mary Pyle, la Americana
Sacerdote y Maestro de espiritualidad Grandes milagros
La profunda humanidad Algunos hechos
PADRE PIO Y LA VIRGEN MARIA La Virgen de Fatima llega
La Ternura del Padre El ruego y el amor a la Iglesia
Sobre el Calvario "Seáis constantes y perseverantes"
"Jesús te llene el corazón de todo Él mismo" Bibliografía





miércoles, 3 de agosto de 2011

CORONA DE SAN MIGUEL

 


 

 
Un día San Miguel Arcángel apareció a la devota Sierva de Dios Antonia De Astónac. El arcángel le dijo a la religiosa que deseaba ser honrado mediante la recitación de nueve salutaciones. Estas nueve plegarias corresponden a los nueve coros de ángeles. La corona consiste de un Padrenuestro y tres Ave Marías en honor de cada coro angelical.
Promesas: A los que practican esta devoción en su honor, San Miguel promete grandes bendiciones: Enviar un ángel de cada coro angelical para acompañar a los devotos a la hora de la Santa Comunión. Además, a los que recitasen estas nueve salutaciones todos los días, les asegura que disfrutarán de su asistencia continua. Es decir, durante esta vida y también después de la muerte. Aun mas, serán acompañados de todos los ángeles y con todos sus seres queridos, parientes y familiares serán librados del Purgatorio.
En esta coronilla invocaremos a los nueve coros de ángeles. Después de cada invocación rezaremos 1 Padre Nuestro y 3 Avemarías. Ofreceremos esta coronilla por la Iglesia, para que sea defendida de todas las asechanzas del demonio, y por los que están más alejados de Dios.
En el Nombre del Padre...
Se comienza la Corona rezando, la siguiente invocación:
Dios mío, ven en mi auxilio.
Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, etc.
1. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Serafines, enciende en nuestros corazones la llama de la perfecta caridad. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías
2. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Querubines, dígnate darnos tu gracia para que cada día aborrezcamos más el pecado y corramos con mayor decisión por el camino de la santidad. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
3. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Tronos, derrama en nuestras almas el espíritu de la verdadera humildad. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
4. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Dominaciones, danos señorío sobre nuestros sentidos de modo que no nos dejemos dominar por las malas inclinaciones. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
5. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Principados, infunde en nuestro interior el espíritu de obediencia. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
6. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Potestades, dígnate proteger nuestras almas contra las asechanzas y tentaciones del demonio. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
7. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Virtudes, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
8. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Arcángeles, concédenos el don de la perseverancia en la fe y buenas obras de modo que podamos llegar a la gloria del cielo. Amén.
 1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
9. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Ángeles, dígnate darnos la gracia de que nos custodien durante esta vida mortal y luego nos conduzcan al Paraíso. Amén.
1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.
Se reza un Padre Nuestro en honor de cada uno de los siguientes ángeles:
*En honor a San Miguel ...... 1 Padre Nuestro
*En honor a San Gabriel...... 1 Padre Nuestro
*En honor a San Rafael........ 1 Padre Nuestro
*En honor a nuestro ángel de la Guarda..... 1 Padre Nuestro

Glorioso San Miguel, caudillo y príncipe de los ejércitos celestiales, fiel custodio de las almas, vencedor de los espíritus rebeldes, familiar de la casa de Dios, admirable guía después de Jesucristo, de sobrehumana excelencia y virtud, dígnate librar de todo mal a cuantos confiadamente recurrimos a ti y haz que mediante tu incomparable protección adelantemos todos los días en el santo servicio de Dios.
V. Ruega por nosotros, glorioso San Miguel, Príncipe de la Iglesia de Jesucristo.
R. Para que seamos dignos de alcanzar sus promesas.
Oremos. Todopoderoso y Eterno Dios, que por un prodigio de tu bondad y misericordia a favor de la común salvación de los hombres, escogiste por Príncipe de tu Iglesia al gloriosísimo Arcángel San Miguel, te suplicamos nos hagas dignos de ser librados por su poderosa protección de todos nuestros enemigos de modo que en la hora de la muerte ninguno de ellos logre perturbarnos, y podamos ser por él mismo introducidos en la mansión celestial para contemplar eternamente tu augusta y divina Majestad. Por los méritos de Jesucristo nuestro Señor. Amén.  

viernes, 22 de julio de 2011

domingo, 15 de mayo de 2011

PARA COMPRENDER LA MISA

Evidentemente no es suficiente con permanecer plantado como un poste detrás de un pilar de la iglesia, en una misa de once para turistas fatigados o juerguistas abotargados por la juerga del sábado, inclinándose maquinalmente ante los toques de campanilla del monaguillo.

No es suficiente tampoco recitar vagamente el rosario, inclusontentado meditar sobre los misterios del Rosario del que no se aprecia el contenido, a falta de conocimientos serios.

Tampoco es suficiente leer atentamente la misa, siguiendo los gestos del sacerdote.

Es necesario realizar el misterio que no ocurre más que en el altar, y para ello:

1) No reducir la misa a la acción de únicamente el sacerdote, ni de Jesús únicamente, sino ver ahí la acción del Cristo total.

No hay varias misas celebradas en diferentes momentos del tiempo y en diversos lugares del espacio. No hay más que una misa, la del Calvario, prefigurada por los sacrificios del Antiguo Testamento, «precelebrada» sacramentalmente (es decir simbólicamente y realmente, en Espíritu y en Verdad) en la Cena, el Jueves Santo.

No hay más que una víctima, que no es solamente Jesús de Nazaret, sino el «Cristo total». Ofrecido por el Cristo, Cabeza de la Iglesia, el sacrificio es completo, porque es ofrecido por la Víctima santa y sin mancha, la única agradable al Padre, pero que no recibe su pleno desarrollo en el tiempo y en el espacio más que por la adjunción de los miembros del Cuerpo Místico a su Cabeza y que constituyen con ella el «Cristo total».

Las diferentes misas no son por lo tanto más que el desarrollo en el tiempo y en el espacio de una Misa única, realizada en el Calvario.

2) No reducir en consecuencia la misa al acto de la Consagración, esencial sin duda, pero que no es más que un «momento» de la acción total. Es necesario volver a situarse en el pensamiento de Cristo sobre la Cruz, o bien en la Cena, en la Institución de la Eucaristía. La misa es antes que nada esencialmente el acto de ofrenda de una víctima santa, el Cristo-Jesus, Verbo Encarnado, unido por los lazos de la caridad a los miembros de la Iglesia entera que, santificados por la gracia, participan en la santidad de la única Víctima agradable al Padre; la misa es además una communion en esta Víctima santa, que, una vez acogida por Dios, es de alguna manera entregada a los fieles para santificarlos aún más.

3) No ver solamente en la misa un acto que se desarrolla en el tiempo ya que ella es «la encarnación progresiva en el tiempo y el espacio» de un acto eterno, que es la «alabanza de gloria» (Ef. I,12), que el Verbo divino rinde al Padre, el don total de su Persona a la del Padre, en la unidad de Amor del Espíritu. Realizada en el seno de la Trinidad en un acto único y eterno, esta alabanza de gloria está realizada en la tierra, en el tiempo y en el espacio, por ese mismo Verbo, encarnado esta vez, del cual nosotros somos una «humanidad por añadidura», por el cual nosotros rendimos al Padre, en la unidad del Espíritu Santo, el único sacrificio que le es agradable, para la remisión de los pecados, para la Redención y para la divinización de nuestras almas. Así asociados a la alabanza eterna de gloria que el Verbo rinde al Padre en el seno de la Trinidad, nosotros decimos:

Per Ipsum et cum Ipsum et in Ipsum es tibi Deo patri omnipotenti in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria. Amen. (Por El, con El y en El, a ti Dios Padre Omnipotente todo honor y toda gloria en la unidad del Espíritu Santo)

Dicho de otra manera, no se puede comprender verdaderamente la misa más que en la perspectiva de los tres grandes misterios cristianos: la Trinidad, la Encarnación, la Redención, y del «misterio» que san Pablo anuncia a los Efesios: «que los gentiles son herederos junto a los Judíos, y miembros del mismo cuerpo» (Ef, III, 6)

Abbé Henri Stéphane

miércoles, 27 de abril de 2011

Tú también puedes ser santo

Dios te llama a través de lo diario, de lo cotidiano, de tus compañeros y maestros, de tus tareas, de tus problemas, éxitos y fracasos


Los defectos de los santos

Algunos libros de vidas de santos han omitido las debilidades de sus protagonistas, probablemente porque temían que nos escandalizáramos al saber que fueron hombres y mujeres como nosotros.

Pero precisamente es bueno comprobar que los que están en los altares no son de cera, ni de yeso, ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas comunes que tienen que tomar medicamentos o duermen mal o se distraen en la oración.

Muchos libros han puesto a los canonizados tan distantes de nosotros, que lo único que podemos hacer es admirarlos. Los colocan tan lejos, tan arriba, tan cubiertos de ropajes incómodos y ostentosos, tan desligados de todo lo nuestro, que no hay forma de imitarlos. Estas biografías nos convencen que la santidad no es para nosotros.

Pero las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: ellos luchaban y ganaban, luchaban y perdían y entonces volvían a la lucha.

En la vida de las almas santas hay algunas veces cosas extraordinarias, acontecimientos sobrenaturales, intervenciones claras de Dios. Pero no son éstas las que los llevaron a ser santos, pues las acciones no eran de ellos, sino de Dios. Lo que los hizo santos fue la generosidad en la correspondencia al amor de Dios en su vida ordinaria, en todos los días, los meses, los años en los que no hubo cosas extraordinarias.

Es bueno saber que santa Teresita del Niño Jesús tenía una terquedad invencible desde niña; que san Alfonso María de Ligorio tenía un genio endemoniado; que san Agustín fue un gran pecador antes de su conversión y que santa Teresa de Jesús confesó nunca haber podido rezar un rosario completo sin distraerse.

Es admirable ver a los santos: hombres muy hombres y mujeres muy mujeres, con grandes virtudes, acciones heroicas y fallos garrafales.

La santidad no consiste en subirse a una columna con una palma en la mano y un crucifijo en el pecho. Los santos no son inactivos, siempre se mueven haciendo cosas tan simples como preocuparse por la enfermedad de un hermano, dar de comer al perro, cumplir con su trabajo y hacer con alegría los encargos que les piden.

Estos son los santos de hoy, los que van en el metro, rezan a la Virgen, trabajan en el campo, escriben a máquina, descansan el fin de semana y vuelven todos los lunes al mismo trabajo, preocupándose sólo de hacer extraordinariamente bien aquello que les ha tocado hacer.

por Jesús Urteaga Loidi

Llamados a la santidad

Aquellos que viven una vida en Cristo pueden obtener la Salvación. Nosotros les llamamos santos. La Iglesia pasa ha establecido un proceso muy minucioso para considerar la santidad de una persona fallecida. Sin embargo todos somos llamados a ser santos puesto que la voluntad de Dios es que seamos santos, ya que nada profano puede entrar al Cielo [Apocalipsis 21:27], por eso "nos tenemos que volver santos".

Tenemos una nube de testigos en nuestra Iglesia y les llamamos santos porque ellos han vivido sus vidas de acuerdo al Evangelio [Hebreos 12:1]. Algunos de ellos han hecho milagros, todos son nuestros intercesores ante Dios. La Virgen María es la mas grande de todos los santos. Los cuerpos de algunos santos permanecen incorruptos por cientos anos después de sus muertes como testimonio con un signo de Dios [Hechos 2:27].

Muchos de nosotros perdemos el entusiasmo de vivir una vida de santidad porque nos parece que es algo imposible [Lucas 5:8]. Si esto fuera imposible, el Señor no nos llamaría a la santidad, por eso es nuestro deber responderle a su llamado.

El pecado

El alma es el espejo de la luz de Dios, El mira al alma nuestra como cualquiera de nosotros se mira en un espejo. Cuando pecamos enmugramos la superficie de nuestras almas y no podemos reflejar mas la luz de Dios. El alma es herida por el pecado y se vuelve como un leproso, tan solo la sanación que viene del perdón de Dios le puede restaurar.

El pecado nos separa de Dios, al igual que una pared separa un lado de otro. Nuestros pecados crean una pared tan inmensa que no nos permite llegar a Dios [Isaías 59:2], y puesto que es hecha por nosotros mismos, Dios espera hasta que la derribemos con nuestro arrepentimiento.

Nuestros pecados son oscuridad, Dios es Luz. Nosotros podemos pensar de alguien en un cuarto cerrado, con todas las ventanas y puertas cerradas, sin ninguna grieta que permita que entre la luz, en otras palabras sin ninguna luz. Así es que nosotros vivimos cuando estamos en pecado. La luz de la Gracia de Dios no puede penetrar el mundo de oscuridad que nuestros pecados han creado. Es entonces cuando tenemos que abrir personalmente las ventanas de nuestras almas con el arrepentimiento y el dolor de haber ofendido a Dios para que su luz pueda brillar de nuevo sobre nosotros trayéndonos paz, amor y gozo.

El pecado es algo muy detestable y horrible, en contraste Dios es muy amable y hermoso así que El no puede soportar la vista del pecado, El es perfecto y no puede tolerar las imperfecciones, El es Amor y no puede aceptar el odio.

Todo los opuesto de lo bueno nos impiden tener una relación perfecta con Dios, así que tenemos por eso que destruir el pecado completamente en nuestras vidas para poder vivir para Dios.
Como deshacernos del pecado?

"¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" [Lucas 18:10-14]

Dos hombres vinieron al templo, uno se estaba justificando a si mismo diciendo: Señor gracias por haberme hecho un hombre bueno, yo pago mis contribuciones a la Iglesia, doy limosnas, estudio la ley de los profetas, soy realmente bueno, pero ese hombre que esta allí en aquella esquina es un publicano, verdaderamente un pecador, estoy muy contento de que no soy como el. Mientras tanto el otro hombre estaba dándose golpes de pecho y diciendo "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"

Jesús aseguró que el segundo hombre se fue a casa justificado de sus pecados porque aceptó que era pecador. De la misma manera en otra ocasión alguien llamó al Señor bueno, pero el Señor le contradijo diciéndole que tan solo hay uno quien es bueno, el Padre en el Cielo. Por esto, nosotros no somos buenos. Mientras mas pensemos que lo somos, menos buenos seremos porque estamos permitiendo que el orgullo nos domine.

Tenemos que entender que la única razón por la cual Cristo murió por nosotros es porque su bondad compensa por nuestra maldad. Hemos ofendido a Dios empezando por Adán hasta el ultimo hombre, y la ofensa es de valor infinito porque ha sido hecha no en contra de algo o alguien finito sino en contra de Dios quien es Poderoso e Infinito en todas sus perfecciones. Por esta razón nuestra ofensa tenía que ser pagada con moneda de valor infinito la cual es Cristo Nuestro Señor.

Tenemos una deuda infinita con El, si es que aspiramos a vivir eternamente. Como podemos pagarle? Dios sabe de que somos hechos y El solamente espera que creamos en El, que creamos en Su HIjo y que aceptemos Su Salvación. El nos ha llamado al arrepentimiento, a que enmendemos nuestras vidas para amarle y para amar a nuestro prójimo.

El hombre justo peca siete veces al día [Proverbios 24:16], así que tenemos deveras que pecar aun mas veces que "el". Debemos aceptar que somos pecadores y tenemos que derramar lagrimas de arrepentimiento por nuestros pecados.

Para poder apreciar el Amor de Dios por nosotros, tenemos que familiarizarnos con la Pasión, agonía y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Rey. De esta manera le conoceremos mas y este conocimiento crecerá hasta convertirse en un gran amor de Dios. De la misma manera entenderemos el papel de la Virgen María en nuestra Salvación, puesto que es a través de María que Jesús vino al mundo y nosotros tenemos que convencernos de la deuda que tenemos con Ella quien es nuestra Madre y Reina.

Dios es infinitamente misericordioso [Salmo 103], pero nosotros tenemos que venir al Trono de la Misericordia para obtener perdón por nuestros pecados, tenemos verdaderamente que tener dolor de haber crucificado a Jesús en la cruz y tenemos que venir a El con humildad porque sin El no hay Salvación.

El ha fijado su Trono de Misericordia en el confesionario, donde El nos escucha a través del Sacerdote para que nosotros nos podamos humillar y al confesar los pecados a otro hombre estamos dando testimonio de que Jesús es nuestro Salvador, de que El esta aun vivo a través de los Sacramentos de su Iglesia. "Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos" [Mateo 28:20].

El Sacramento de la Reconciliación produce el fruto de la paz en nuestras almas y nos prepara para ser dignos de recibir el Precioso Cuerpo y la Sangre de Jesús en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía.
http://www.theworkofgod.org/spanish/Libreria/Jose/Santo4.htm

Ser santos hoy

SER SANTOS HOY


Hoy en día hablar de santidad resulta poco menos que chocante para la sensibilidad moderna, tan ocupada en asuntos más importantes. El dinamismo secularizante de nuestros tiempos ha relegado la santidad al campo de lo mítico e incluso de lo anecdótico. Los santos aparecen como seres cuasi legendarios, cuyas pálidas imágenes adornan los oscuros rincones de las iglesias.

Para muchos bautizados el tema de la santidad se presenta no menos distante y ajeno, como un ideal muy digno y encomiable, pero totalmente lejano e inalcanzable. Existe, sí, una profunda veneración y respeto hacia aquellos hombres y mujeres que hicieron de su vida cristiana un testimonio heroico de virtudes, pero también se les percibe como un grupo de elegidos, una suerte de aristocracia espiritual para quienes están exclusivamente reservadas las altas cumbres de la unión con Dios.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II nos recuerda una verdad fundamental, siempre presente en la vida de la Iglesia pero que hoy en día adquiere una especial resonancia para los hombres y mujeres de nuestro tiempo: "Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre" (Lumen gentium, 11).

¡Sí! ¡Todos estamos llamados a ser santos! Dios mismo "nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1, 4). Ése es el camino de plenitud al cual nos invita el Señor Jesus: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48). No basta, pues, con ser buenos, con llevar una vida común y corriente como todo el mundo, sin hacerle mal a nadie. El Señor Jesús nos invita a conquistar un horizonte muchísimo más grande y pleno: la gran aventura de la santidad. Ésa es la grandeza de nuestra vocacion: "Porque ésta es la voluntad de vuestro Dios: vuestra santificación" (1Tes 4, 3).

SANTIDAD Y REALIZACIÓN PERSONAL

Este camino de plenitud que todos estamos invitados a recorrer es el único que verdaderamente conduce hacia nuestra plena realización personal. En efecto, santidad y realización personal se identifican. El llamado a ser santos es un llamado a ser persona humana abierta al encuentro con Dios.

Y es que el ser humano está sellado en lo más hondo de su mismidad por una intensa necesidad de infinito, por una profunda hambre de trascendencia y plenitud. Esta dimensión tan esencial de la persona se traduce en aquella aspiración al encuentro presente de manera constitutiva en sus dinamismos fundamentales. El ser humano, imagen y semejanza de Dios, ha sido creado para abrirse desde su libertad al encuentro con Dios, Comunión de Amor, y, análogamente, con los demás hombres. De ahí que el hombre sólo puede encontrar su realización plena y definitiva recorriendo la dirección hacia donde apuntan los dinamismos fundamentales presentes en su yo profundo.

En el Señor Jesús, fuente y modelo de toda santidad, encontramos la verdadera identidad de nuestro ser, el horizonte al que debemos dirigirnos para alcanzar la plenitud que anhelamos. Al adherirnos existencialmente a Él ingresamos en la dinámica del encuentro. La santidad es un proceso configurante que se da a través de una profunda transformación interior, de manera que pueda repetir con el Apóstol: "Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gál 2, 20).

La opción fundamental por el Señor Jesús se presenta, pues, como camino ineludible para todo aquel que desde su libertad busca ser fiel a su propia humanidad.

GRACIA Y LIBERTAD

La santidad aparece ante nosotros como un apasionante desafío. Se trata de un largo camino por recorrer, no exento de dificultades. Ser santos no es algo fácil. Nunca lo ha sido. Pero tampoco se trata de algo imposible, pues es la fuerza de la gracia la que nos guía y sostiene.

Sin embargo, para que la acción de la gracia sea eficaz, requiere de nuestra cooperación libre y activa. No basta con decir "Señor, Señor" (Mt 7, 21). Es necesario realizar un esfuerzo serio y responsable por corresponder a los dones de Dios, despojándonos de todo aquello que impide al don de la reconciliación fructificar en nosotros, buscando reordenar nuestras facultades y potencias heridas por el pecado, así como revistiéndonos de los hábitos y virtudes contrarios, según el Plan de Dios. De esta manera, gracia y libertad humana se encuentran en un fructífero proceso que conduce hacia nuestra santificación.

SANTOS EN MEDIO DEL MUNDO

Las características de nuestro tiempo nos muestran un modelo de santidad para el creyente hodierno. Sin negar la validez de otros modelos de santidad, el santo de nuestro tiempo no destaca por una forma de existencia extraordinaria, llamativa y fuera de lo común, sino que es aquel que vive su vida ordinaria con tal intensidad, que hace de ella un culto agradable a Dios, así como un elocuente testimonio del amor de Cristo en medio del mundo.

El santo de nuestro tiempo descubre en las realidades terrenas un ámbito de realización personal querido por Dios. Su presencia y compromiso en medio del mundo según el designio divino configuran tanto su identidad personal como su propia realización y felicidad. Esta presencia se traduce en acción transformante por medio del amor, acción que brota de un compromiso profundo con el Señor y que se manifiesta en el silencio de las actividades ordinarias de cada día, a semejanza de nuestra Madre María.

catolic net

Todos llamados a ser santos

Tu también puedes ser santo

Seguramente habrás oído a alguien decir que todos los cristianos estamos llamados a ser santos y tal vez no puedes imaginarte a ti mismo como estatua de yeso en el altar de una Iglesia, rodeado de veladoras y reliquias. Tal vez te parezca ridículo pensar que se fabriquen estampitas con tu fotografía, a la que le hayan sobrepuesto una coronilla refulgente alrededor de la cabeza.

Sin embargo, ser santo no tiene nada que ver con las estatuas y las estampitas. Ser santo es llegar al cielo para estar con Dios y a eso es a lo que estás llamado desde que fuiste concebido en el seno de tu madre.
Seguramente también habrás oído a algún pesimista decir que este mundo no tiene remedio, que va directo a la perdición. Pero esto no será cierto si tú no lo permites.
Es verdad que el ambiente es difícil, que la Iglesia tiene muchos problemas, que hay muchísima gente caminando por senderos equivocados, pero eso ha sucedido siempre.
Desde el principio de la humanidad, han sido sólo unos cuantos los que han seguido a Dios y en ellos Él ha puesto toda su confianza. Dios, el ser supremo, el omnipotente, el omnipresente, siempre ha querido necesitar del hombre para salvar al hombre y con unos cuantos que le han respondido ha podido lograr que la Iglesia sobreviva, a pesar de todos los ataques que ha sufrido externa e internamente.

Dios llama a todos, pero sólo unos cuantos le responden. Ésos son los santos: hombres y mujeres llenos de debilidades y defectos que se han puesto a la disposición de Dios; que han estado dispuestos a darle cinco panes y dos peces para que Él pueda dar de comer a cinco mil hombres; que le han prestado una casa para que Él instaure la Eucaristía; que han quitado piedras de los sepulcros para que Él resucite a los muertos. Hombres y mujeres que se han animado a ser fermento, a ser sal, a ser luz para iluminar a los demás.
El pertenecer a esos pocos que escuchan y responden a Dios sólo depende de ti. Dios pide tu ayuda, cuenta contigo para salvar a muchísimos hombres, pero sólo tú eres el encargado de responderle positiva o negativamente.

Dios te llama a través de lo diario, de lo cotidiano, de tus compañeros y maestros, de tus tareas, de tus problemas, éxitos y fracasos. Todo lo que pasa a tu alrededor es un mensaje divino que te llama a ser santo ahí donde Dios te ha puesto, en esa casa, en esa escuela, en ese trabajo, con esos compañeros y esos hermanos para que los transformes con tu luz.


Comentarios al autor: lplanas@catholic.net

lunes, 25 de abril de 2011

MÁXIMAS ESPIRITUALES DE SAN RAFAEL ARNÁIZ. Homenajeamos al santo en su dia 26 de abril

¡Qué grande es Dios! ¡Qué bien ordena los acontecimientos siempre para su gloria!

¡Sólo Dios llena el alma..., y la llena toda!

La verdadera felicidad se encuentra en Dios y solamente en Dios.

El que no tiene a Dios necesita consuelo; pero el que ama a Dios, ¿qué más consuelo?

¡Cómo se inunda mi alma de caridad verdadera hacia el hombre, hacia el hermano débil, enfermo...! Si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo.

Al amar a Jesús, forzosamente se ama lo que El ama.

La única verdad es... Cristo.

He hecho el votó de amar siempre a Jesús. Virgen Maria, ayúdame a cumplir mi voto.

Para Jesús todo, y todo, para siempre, para siempre.

No le bastó a Dios entregarnos a su Hijo en una Cruz, sino además nos dejó a Maria.

Honrando a la Virgen, amaremos más a Jesús; poniéndonos bajo su manto, comprenderemos mejor la misericordia divina.

¡Qué grande es Dios, qué dulce es María!

viernes, 22 de abril de 2011

Adoración a la Santa Cruz

En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, Amén.

¡Te adoramos Cristo y te bendecimos! ¡Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo!

Consagración

Jesús, me postro de rodillas ante tu Cruz, ante la Cruz sobre la cual moriste por el amor a mí. Por ella obtuviste del cielo la salvación eterna para nosotros y abriste el camino a la reconciliación y a la paz en la tierra. Gracias Señor por tu Cruz... Gracias Señor, por haberla cargado con amor.

Jesús, en este momento reconozco ante ti, que no entiendo porqué tenías que sufrir. Es por ello mayor mi gratitud hacia ti y hacia tu Cruz. Gracias por haberme marcado con el signo de la Cruz desde el principio. En mi bautismo quedó impreso en mi alma y en mi corazón de manera indeleble. Ciertamente no entiendo tu Cruz y sin embargo, no es para mí una locura o motivo de escándalo, sino el símbolo de tu amor y el camino hacia la salvación.



Jesús, tu Madre fiel y valerosa, permaneció al pie de tu Cruz. Ella escuchó y aceptó de corazón cada una de las palabras que pronunciaste, en los momentos más terribles de tu martirio en la Cruz.



María, gracias porque tú también cargaste la Cruz de Jesús. Gracias por haberme invitado a permanecer ante ella y consagrarle mi vida.



María, en este momento deseo consagrarme a la Cruz, de acuerdo a tu invitación. Acompáñame en mi intención y permite que ahora que inicio esta adoración, sea completa mi devoción.



¡Oh Cruz de mi Dios y Señor, hoy me consagro enteramente a ti! Renuncio a cualquier pecado cometido contra ti. Renuncio a cualquier insulto infringido a ti, por parte mía y de los demás. Jesús mío, me avergüenzo de haber pecado, de haberte ofendido a ti y al signo de mi redención personal. De ahora en adelante, deseo pertenecer solamente a tu Cruz. Permíteme que ella sea el único símbolo de mi esperanza y salvación.



(Permanece en silencio ante la Cruz)



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



¡Cruz de Jesús te adoramos,

nuestra vida entera te entregamos,

de todo corazón te adoramos!





Arrepentimiento



Jesús, tu Cruz no es un signo mudo, sino un grito de perdón, un llamado a la reconciliación del hombre con Dios; un lamento que nos invita a practicar la justicia universal y el amor. No permaneciste en silencio mientras colgabas de la Cruz. El sufrimiento no logró cerrar tus labios ni deformarlos siquiera con el deseo de venganza, sino que los abrió en los más arduos momentos, para procurarnos amor y perdón.



Por tanto, gracias por haber pronunciado palabras de perdón, cuando mayores razones tenías para condenar. Gracias por haber pedido a tu Padre perdón y misericordia, a la hora de tu crucifixión.



Padre, gracias por haber escuchado las palabras de tu Hijo, en momentos en que era probada tu bondad paternal, ante los sufrimientos de Jesús.



Jesús, ninguno de aquellos hombres, ni siquiera los que tramaron tu muerte, esperaban escuchar de ti estas palabras. Llevados por el odio y la obscuridad total, descargaron su rencor sobre ti, clavándote en la Cruz. Se burlaron de ti y sin embargo tu, suplicaste al Padre que no los castigara por ello. ¡Oh Señor, permite que estas palabras resuenen en mi corazón!



(Repite en tu interior, "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen...")



Jesús, en mi mente permanecen frescas las escenas despiadadas de tu pasión.



¡Cuánta crueldad en los hombres! Pasaste tu vida en la tierra haciendo el bien y mira cómo fuiste retribuido. Lamento que esto tuviera que suceder. Préstame tus lágrimas Señor, para llorar ante tu Cruz, signo de la crueldad de los hombres y de su inclinación hacia el mal, pero más que eso, signo de tu eterno amor por nosotros.



En este momento deseo que tu clamor encuentre eco en mi corazón. Haz que despierte en mí el arrepentimiento verdadero por mis pecados, y el deseo sincero de reconciliarme con Dios.



(Medita profundamente y arrepiéntete de tus pecados, especialmente de tu odio e intolerancia hacia los demás).



Jesús, permite que en este día yo reciba la gracia de perdonar, por medio de María. Perdónenme los dos, porque no soy capaz de reconocer mis faltas. ¡Sálvame Señor de mi iniquidad! Que la paz y el perdón penetren profundamente en mi interior.



(Permanece en silencio y después de una pausa canta o medita el salmo 130, 1-5)



Desde lo más profundo grito a Ti, Yahveh:

¡Señor, escucha mi clamor! ¡Estén atentos

tus oídos, a la voz de mis súplicas!

Si en cuenta tomas las culpas, oh Yahveh,

¿quién Señor resistirá? Mas el perdón

se halla junto a Ti, para que seas temido.

Yo espero en Yahveh, mi alma espera en

Su palabra;...



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



¡Perdóname mi Dios, me arrepiento, perdóname! Mira cómo muere de pena mi corazón.

Reconocimiento



Jesús, reconozco en tu Cruz el eterno amor que nos tienes. Lo diste todo por nosotros los hombres, tus hermanos y hermanas. Nos amaste hasta el punto de aceptar una muerte humillante. Penetraste los abismos más profundos del sufrimiento humano. Padeciste infinitamente.



Cargaste tu Cruz con amor y sin embargo, eso no te hizo inmune al intenso dolor. No podría decirte: que fácil perdonar para ti, tú eras el Hijo de Dios... No , no fue sencillo para ti porque sufriste sin recibir consuelo alguno y es ésta la forma más difícil de padecer. Te sentiste solo, abandonado, impotente. Y fue entonces que diste ese grito conmovedor.



Permite Jesús, que también estas palabras penetren profundamente en mi interior. Haz que sacudan mi conciencia e inspiren en mí el más grande amor y abandono hacia el Padre, porque tú ya vaciaste por mí el cáliz del desamparo total.



(Medita en silencio estas palabras)



Jesús mío, perdóname porque mi amor por ti no ha sido desinteresado. Perdóname, porque sólo he buscado ser consolado y porque en ese afán mío, que fácil me ha resultado reclamar al Padre: ¿Dónde estás? ¿Porqué no me escuchas, porqué no me ayudas? Perdona mi desconfianza hacia el Padre Celestial. Cuán falsa y superficial ha sonado mi voz, cuántas veces he dicho: Padre, hágase tu voluntad...



Te pido Jesús, por todos aquellos que gimen en medio de sus padecimientos y enfermedades y que –sin dudar por ello del amor del Padre y dispuestos a aceptar su voluntad– beben el cáliz de su sufrimiento hasta el final, ofreciéndolo por la salvación del mundo. Permite que crezca en ellos tu amor y su confianza en ti, a pesar de las pruebas y tribulaciones.



Señor, te pido por los que –a causa del sufrimiento– han perdido la confianza en el Padre, y ahora ya no buscan más hacer la voluntad divina, sino que viven amargados, sin reconciliarse con Dios y los hombres. Jesús, tu experimentaste el dolor. Es por eso que no les reprochas su actitud, sino que ofreces al Padre sus lamentos, suplicándole que les conceda su perdón y su paz.



María, Madre de la Consolación, no te fue posible consolar a tu Hijo en los momentos más agudos de su pasión tu misma te sentiste impotente ante su dolor y sin embargo, no desesperaste, sino que repetiste una vez más las palabras que pronunciaste en Nazaret: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra."



Te pido María, que nos acompañes en esos momentos, cuando nos sintamos abandonados e incomprendidos. Permanece junto a nuestra cruz y di, en paz, por nosotros: "Padre, aquí estoy. Te pertenezco. ¡Soy Tuyo!"



(Permanece en silencio y después de una pausa, canta o medita el salmo 34, 18-20)



Cuando gritan aquellos, Yahveh oye,

y los libra de todas sus angustias;

Yahveh está cerca de los que tienen roto el

Corazón, él salva a los espíritus hundidos.



Muchas son las desgracias del justo,

Pero de todas le libera Yahveh;..."



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



Oh Dios, me has concebido dones sin fin...

Oh Dios, me has concebido dones sin fin;

Pero, ¡hay de mí!, porque al no apreciarlos,

He sido una criatura irresponsable.





Agradecimiento





Padre, ante la Cruz de tu hijo Jesús, te doy las gracias por las palabras que pronunció, mientras pendía del madero. Yo sé que tú las escuchaste todas.



María, gracias porque cuando Jesús te dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", aceptaste de todo corazón esta nueva misión. Gracias porque a través del sufrimiento y el dolor, tu corazón maduró de tal forma en el amor, que en el instante de su muerte, tu hijo te confió a todos aquellos por quienes daba su vida en la Cruz. Madre, fue así que nos diste a todos a la luz al pie de la Cruz. ¡Oh Madre valerosa, gracias porque no temiste al dolor ni a la Cruz! Gracias, porque fuiste merecedora de la confianza de Jesús...



(Permanece en silencio y escucha en tu corazón las palabras de Jesús: "Mujer, ahí tienes a tu hijo...")



Jesús mío, cuánto sufrió tu madre, al cargar pacientemente su Cruz, mientras seguía tus pasos, camino al Calvario. Te pido ahora, por los que se encuentran solos; por los que son rechazados; por los que no tienen a nadie; por los que han sido abandonados...



Te pido especialmente por esos niños que son abandonados por sus padres, porque en su egoísmo han olvidado que fueron ellos, quienes les dieron la vida.



Te pido también, por esos pequeñitos que son asesinados antes de nacer por sus propias madres... ¡María, se tú la madre de todos ellos! Yo sé que tú eres siempre fiel y no vas a huir, porque tú eres valiente. Sé que siempre encontrarás palabras de consuelo en medio del dolor, de gozo en medio de la aflicción; de luz en medio de la oscuridad. Y sé también, que aunque no pudieras expresar estas palabras, continuarías siendo igualmente la Madre fiel, porque tú has tomado en serio la misión que Jesús te encomendó.





Padrenuestro, Ave María, Gloria...





Al pie de la Cruz, la madre quedó,

Miraba a su hijo colgar del madero

Y se llenaron sus ojos con lágrimas amargas.

Al pie de la cruz





Jesús, en medio de tus sufrimientos no te cegaste por el dolor; el odio tampoco logró penetrar tu corazón. Tu amor y el deseo de cumplir tu misión hasta el fin, fueron sostenidos por una fortaleza superior. No caíste en la oscuridad, porque la luz divina que derramaste a lo largo de tu vida, fue más poderosa que las tinieblas. Es por eso que, ahora más que nunca, te doy gracias por haberte ocupado de tu discípulo más amado y en él, de toda la humanidad.



Al mismo tiempo, qué bellas y conmovedoras resultan las palabras que le dirigiste al discípulo, al que amabas con predilección, pidiéndole que se hiciera cargo de tu Madre. ¡Oh, qué efecto habrán causado en él estas palabras, con las cuales lo convertiste en tu hermano! Qué otra cosa podía él hacer, sino contestarte en su corazón: "¡Sí, ella es ahora mi madre!. Lo habría dicho lleno de gozo y profunda gratitud, consciente también de esta sublime responsabilidad. Y desde ese instante la tomó bajo su cuidado...



Jesús mío, mi miseria me hace incapaz de comprender, en toda su magnitud, el profundo vínculo de amor y de unión que debió establecerse y afirmarse en ese momento entre ustedes: tu Madre, tu discípulo y tú. Gracias por haber realizado en toda su plenitud el plan de salvación del Padre. Es en la Cruz y al pie del Cruz donde tiene lugar el principio de una nueva humanidad...



María, gracias por haber aceptado a este nuevo hijo y en él, ¡a todos nosotros!



Juan, te agradezco que por tu parte aceptaras en nuestro nombre a María como Madre. ¡María, yo te acepto también!



(Permanece en silencio)



Ahora sé, que el vínculo que nace en medio del dolor es más fuerte que cualquier parentesco. Es por eso Jesús, que ahora te pido por todas aquellas familias, cuyos lazos entre padres e hijos, hermanos y hermanas se han roto, acabando con la unión entre ellos.



(Ora por alguna familia que se encuentre en estas circunstancias...)



Te ruego también mi Señor, por todas las comunidades religiosas, movimientos cristianos y por la Iglesia entera. Permite a nuestras comunidades ser renovadas con el vínculo que nace del sufrimiento.



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



Hay en tu corazón, cabida para todos los hombres.

Y es que tú te entregaste por todos,

para que todos llegasen a amarte.



La Muerte



Jesús mío, Víctima Divina, estás por concluir tu tarea de salvación, tu misión. Terminaste con ella, en medio de los más profundos dolores y ante la furia del pecado y el mal. Toda la cólera del infierno, las tinieblas del mundo, cayeron sobre ti. Tú sin embargo, mantuviste esa dignidad divina que te permitió exclamar: "Todo está cumplido, Padre en tus manos encomiendo mi espíritu..." Y después de aquel grito desgarrador en la Cruz, las puertas del cielo se abrieron nuevamente para todos aquellos que así lo deseen, también para uno de los dos criminales que fueron crucificados junto a ti. Gracias te doy, divino hermano y amigo mío, por haber soportado por mí toda esa agonía y dolor. Jesús, que ese grito tuyo al morir, sacuda totalmente mi interior, para que pueda apartarme del pecado y del mal; del odio y la depravación; de la oscuridad y del infierno, abriéndome en su lugar tu luz.



María, con tu oración obtén para mí esta gracia. Quiero permanecer en silencio junto a ti...



Jesús, con María yo te confío desde ahora la hora de mi muerte. Desde este momento declaro: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Te entrego desde este instante todo el dolor y el temor que habré de experimentar al presentarme ante ti. ¡Purifícame Señor, para merecer encontrarme Contigo! Jesús, cuando esto suceda, llévame a tu Reino como lo hiciste con el buen ladrón.



(Orar en silencio...)



Te pido ahora Señor, por todos los que están a punto de morir. Seguramente que el miedo de abandonar este mundo y presentarse ante ti, está haciendo presa de ellos. ¡Muéstrales tu amor! Acorta los sufrimientos terrenales que los desesperan y transfórmalos en cambio, en fuente de gozo y esperanza. Tú que moriste tan lleno de piedad...,¡ten misericordia de los moribundos! María, acompaña a todos los agonizantes, como acompañaste a tu hijo Jesús. Alivia la pena de su soledad con tu noble presencia maternal.



Jesús mío, te ruego también por todos aquellos que en estos momentos se encuentran desolados, preocupados o decepcionados por la partida de un ser querido. Abre para ellos el manantial de la fe y la esperanza. Elevo especialmente mi oración a ti, por esas madres, cuyos hijos enfermos exhalan en brazos de ellas su último aliento. ¡Consuélalas tú con María, tu Madre!



Padrenuestro, Ave María, Gloria...



Cuando mi cuerpo está ya sin vida,

llena Señor con tu gloria mi alma,

que goce contigo de la eternidad.





Misericordia





Jesús mío, tus verdugos golpearon tu cuerpo y lo torturaron sin piedad, pero la oscuridad y el pecado no afectaron ni tu alma ni tu espíritu. Al postrarme ante tu Cruz, lo hago herido en el cuerpo y en el alma y pido tu curación. Yo sé que en la Cruz ya me perdonaste.



Fue solo promesa y no gracia recibida. Y es que mientras el buen ladrón fue Contigo al cielo, el otro blasfemó ante Tu ofrecimiento de perdón. Por mi parte, Jesús, deseo aceptar y pretendo, no sólo tu perdón, sino también que me cures de mi iniquidad. Jesús, hijo de David, ¡ten misericordia de mí!



Mi corazón no halla reposo y nada en busca de tantas cosas. Pero nunca tiene tiempo de presentarse ante ti. Su inquietud obedece, a que no ha entendido tu amor. Toca mi corazón Señor, para que no siga especulando, sino que encuentre en ti su inspiración, ya que al perdonarnos abriste para nosotros la fuente inextinguible del amor. ¡Sáname de esta inquietud! Jesús, hijo de David, ¡ten compasión de mí!



Yo creo que tú eres el Señor y para ti nada es imposible. Te humillaste para estar más cerca de mí y no he querido darme cuenta de ello. Permanezco distante, o bien te ofendo con mucha facilidad. ¡Sana mi inclinación hacia el mal! Jesús, hijo de David, ¡ten misericordia de mí!



¡Cuánto descontento y rencor, aspereza y mal humor habitan aún en mí! ¡Cómo me cuesta olvidar las injurias! Alimento un deseo ilimitado de venganza y complico con ello mi existencia. Señor, con tu humildad, ¡cura toda mi amargura! Jesús, hijo de David ¡ten compasión de mí!



Oh Jesús, no dejaste de orar ni siquiera mientras pendías de la Cruz. Pediste también por mí. En cambio yo, cuando me encuentro oprimido por la angustia o el dolor, lo último que hago es orar. He maldecido y he blasfemado, dando lugar a la desesperación. Y es que no tengo una voluntad firme que me impulse a ponerme a orar. ¡Sana Señor, mi espíritu de oración y enséñame a orar! Jesús, Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!



En este mundo, no solo yo soy infeliz. A mi alrededor veo tantas personas tristes e insatisfechas, involucradas en conflictos y discusiones. Frecuentemente te culpan sólo a ti. No son capaces de reconocer su pecado, como la causa de su infelicidad y es por eso que no se convierten. Individuos, familias, comunidades religiosas, el mundo entero es desdichado. Señor, ¡sana los corazones y las mentes! Cura especialmente las heridas entre padres e hijos y todas las consecuencias de nuestro pecado. Jesús, hijo de David, ¡ten compasión de nosotros!



Padrenuestro, Ave María, Gloria...



De tu costado herido, sangre y agua brotaron: ¡límpiame Señor con esa fuente de vida! Y por tú misericordia, tenme siempre Contigo. Amén.

viernes, 1 de abril de 2011

sábado, 12 de febrero de 2011

martes, 8 de febrero de 2011

Teresa de Jesús de Los Andes (1900-1920)

virgen, Carmelita Descalza 

 
La joven que hoy es glorificada en la Iglesia con el título de Santa, es un profeta de Dios para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. TERESA DE JESUS DE LOS ANDES, con el ejemplo de su vida, pone ante nuestros ojos el evangelio de Cristo, encarnado y llevado a la práctica hasta las últimas exigencias.
Ella es para la humanidad una prueba indiscutible de que la llamada de Cristo a ser santos, es actual, posible y verdadera. Ella se levanta ante nuestros ojos para demostrar que la radicalidad del seguimiento de Cristo es lo único que vale la pena y lo único que hace feliz al hombre.
Teresa de Los Andes, con el lenguaje de su intensa vida, nos confirma que Dios existe, que Dios es amor y alegría, que El es nuestra plenitud.
Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900. En la pila bautismal fue llamada Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar. Familiarmente se la conocía, y todavía se la conoce hoy, con el nombre de Juanita.
Su niñez se desarrolló normalmente en el seno familiar: sus padres, don Miguel Fernández y Lucía Solar; sus tres hermanos y dos hermanas; el abuelo materno, tíos, tías y primos.
La familia gozaba de muy buena posición económica y conservaba fielmente la fe cristiana, viviéndola con sinceridad y constancia.
Juana recibió su formación escolar en el colegio de las monjas francesas del Sagrado Corazón. Entre la vida estudiantil y la vida familiar se desarrolló su corta e intensa historia. A los catorce años de edad, inspirada por Dios, decidió consagrarse a El como religiosa, en concreto, como carmelita descalza.
Su deseo se realizó el 7 de mayo de 1919, cuando ingresó en el pequeño monasterio del Espíritu Santo en el pueblo de Los Andes, a unos 90 kms. de Santiago.
El 14 de octubre de ese mismo año vistió el hábito de carmelita, iniciando así su noviciado con el nombre de Teresa de Jesús. Sabía desde mucho antes que moriría joven. Más aún, el Señor se lo había revelado, pues ella misma lo comunicó a su confesor un mes antes de su partida.
Asumió esa realidad con alegría, serenidad y confianza. Segura de que continuaría en la eternidad su misión de hacer conocer y amar a Dios.
Después de muchas tribulaciones interiores e indecibles padecimientos físicos, causados por un violento ataque de tifus que acabó con su vida, pasó de este mundo al Padre al atardecer del 12 de abril de 1920. Había recibido con sumo fervor los santos sacramentos de la Iglesia y el 7 de abril había hecho la profesión religiosa en el artículo de la muerte. Aún le faltaban 3 meses para cumplir los 20 años de edad y 6 meses para acabar su noviciado canónico y poder emitir jurídicamente su profesión religiosa. Murió como novicia carmelita descalza.
Esa es toda la trayectoria externa de esta joven santiaguina. Desconcierta, y crece en nosotros el gran interrogante: ¿y qué hizo? Para tal pregunta hay una respuesta igualmente desconcertante: Vivir, creer, amar.
Cuando los discípulos preguntaron a Jesús qué debían hacer para vivir según Dios quiere, El respondió: "La obra de Dios es que creáis en quien El ha enviado" (Jn. 6, 28-29). Por lo tanto, para conocer el valor de la vida de Juanita, es necesario mirar hacia dentro, donde está el Reino de Dios.
Ella despertó a la vida de la gracia siendo todavía muy niñita. Asegura que a los seis años atraída por Dios empezó a volcar su afectividad totalmente en El. "Cuando vino el terremoto de 1906, al poco tiempo fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para sí" (Diario, n. 3, p. 26). Juanita poseyó una enorme capacidad de amar y ser amada junto con una extraordinaria inteligencia. Dios le hizo experimentar su presencia, la cautivó con su conocimiento y la hizo suya a través de las exigencias de la cruz. Conociéndolo, lo amó; y amándolo se entregó a El con radicalidad.
Desde niña comprendió que el amor se demuestra con obras más que con palabras, por eso lo tradujo en todos los actos de su vida, empezando por la raíz. Se miró con ojos sinceros y sabios y comprendió que para ser de Dios era necesario morir a sí misma y a todo lo que no fuera El.
Su naturaleza era totalmente contraria a la exigencia evangélica: orgullosa, egoísta, terca, con todos los defectos que esto supone. Como nos sucede a todos. Pero lo que ella hizo, a diferencia nuestra, fue librar batalla encarnizada contra todo impulso que no naciera del amor.
A los 10 años era una persona nueva. La motivación inmediata fue el Sacramento de la Eucaristía que iba a recibir. Comprendiendo que nada menos que Dios iba a morar dentro de ella, trabajó en adquirir todas las virtudes que la harían menos indigna de esta gracia, consiguiendo en poquísimo tiempo transformar su carácter por completo.
En la celebración de este sacramento recibió de Dios gracias místicas de locuciones interiores que luego se mantuvieron a lo largo de su vida. La inclinación natural hacia Dios, desde ese día se transformó en amistad, en vida de oración.
Cuatro años más tarde recibió interiormente la revelación que determinó la orientación de su vida: Jesucristo le dijo que la quería carmelita y que su meta debía ser la santidad.
Con la abundante gracia de Dios y con la generosidad de joven enamorada se dio a la oración, a la adquisición de las virtudes y a la práctica de la vida según el evangelio, de tal modo que en cortos años llegó a un alto grado de unión con Dios.
Cristo fue su ideal, su único ideal. Se enamoró de El, y fue consecuente hasta crucificarse en cada minuto por El. La invadió el amor esponsal y, por tanto, el deseo de unirse plenamente al que la había cautivado. Por eso a los 15 años hizo el voto de virginidad por 9 días, renovándolo después continuamente.
La santidad de su vida resplandeció en los actos de cada día en los ambientes donde se desarrolló su vida: la familia, el colegio, las amigas, los inquilinos con quienes compartía sus vacaciones y a quienes, con celo apostólico, catequizó y ayudó.
Siendo una joven igual a sus amigas, éstas la sabían distinta. La tomaron por modelo, apoyo y consejera. Juanita sufrió y gozó intensamente, en Dios, todas las penas y alegrías con que se encuentra el hombre.
Jovial, alegre, simpática, atractiva, deportista, comunicativa. En los años de su adolescencia alcanzó el perfecto equilibrio síquico y espiritual, fruto de su ascesis y de su oración. La serenidad de su rostro era reflejo de Aquel que en ella vivía.
Su vida monacal desde el 7 de mayo de 1919 hasta su muerte fue el último peldaño de su ascensión a la cumbre de la santidad. Sólo once meses fueron suficientes para consumar su vida totalmente cristificada.
Muy pronto la comunidad descubrió en ella un paso de Dios por su historia. En el estilo de vida carmelitano-teresiano, la joven encontró plenamente el cauce para derramar más eficazmente el torrente de vida que ella quería dar a la Iglesia de Cristo. Era el estilo de vida que, a su modo, había vivido entre los suyos, y para el cual había nacido. La Orden de la Virgen María del Monte Carmelo colmó los deseos de Juanita al comprobar que la Madre de Dios, a quien amó desde niña, la había traído a formar parte de ella.
Fue beatificada en Santiago de Chile por Su Santidad Juan Pablo II, el día 3 de abril de 1987. Sus restos son venerados en el Santuario de Auco-Rinconada de Los Andes por miles de peregrinos que buscan y encuentran en ella el consuelo, la luz y el camino recto hacia Dios.
SANTA TERESA DE JESÚS DE LOS ANDES es la primera Santa chilena, la primera Santa carmelita descalza fuera de las fronteras de Europa y la cuarta Santa Teresa del Carmelo tras las Santas Teresas de Avila, de Florencia y de Lisieux.
 

martes, 1 de febrero de 2011

Ser un santo


"Ser un santo significa pasar por el mundo recogiendo frutos para el cielo de todos los árboles y cosechando la gloria de Dios en todos los campos".
Thomas Merton.

miércoles, 19 de enero de 2011

Santa Catalina de Génova

Catalina nació en Génova en la primavera de 1447, de la noble familia Fieschi.
Muy joven fue desposada con julio Adorno (13-1-1463); matrimonio no por amor, sino provocado por el oportunismo político al que fue sometida. Los primeros años fueron tristes y desolados, por el carácter difícil del esposo. Catalina logró superar la crisis, después de la visión de Cristo derramando sangre (22-3-1473). Desde entonces se dedicó mas aun al ejercicio de la caridad.
Las oraciones, los sacrificios y el ejemplo de Santa Catalina dieron provocaron la conversión de su esposo. A los treinta años (1478) se retiró con el marido a vivir en el hospital civil de Parnmatone poniéndose a tiempo completo al servicio de los enfermos de los cuales vino a ser una humilde enfermera y sucesivamente, administradora y rectora (1489).

Fue dotada por Dios de excepcionales gracias y es contada entre las mas grandes místicas.

De su experiencia personal de purificación nació su brillante "Tratado del Purgatorio". Determinante fue su influjo en la vida eclesial de su tiempo, con el Movimiento del Divino Amor - por ella inspirado, sobre la espiritualidad moderna a través de la Escuela Francesa de los siglos XVI - XVII que sintió mucha admiración por ella. Murió consumida por el fuego devorante del amor al alba del 15 de Septiembre de 1510.
Fue canonizada en 1737 por el Papa Clemente XII. Pío XII, en 1943, la proclamó "Patrona de los Hospitales Italianos".

Vida de Santa Catalina de Génova
Santa Catalina de Génova, perteneció a la familia Fieschi,  siendo la quinta hija del matrimonio de James Fieschi y Francesca di Negro de Génova.  La familia era de mucha fama y fortuna durante el siglo XV, y cuenta con dos Papas: Inocencio, IV y Adriano V.
Catalina fue conocida más tarde en el mundo como modelo de conducta, admirada no sólo para la Iglesia Católica sino también por otros bautizados.
Dedicó toda su vida al Señor, entregándose a El desde muy joven. De niña fue muy obediente y en sus actitudes ya sobresalían los deseos por la santidad y la penitencia. Con tan solo ocho años de edad ya mostraba una inclinación particular a la penitencia, cambiando su cama cómoda y lujosa por el duro piso, y su almohada por un áspero tronco.
Al cumplir doce años tuvo su primera visión del amor de Dios, en la cual Jesús compartió con ella algunos de los sufrimientos de su Santa Pasión. A los trece años decidió abrazar la vida religiosa en el convento de las Hermanas de Nuestra Señora de la Gracia, donde su hermana Limbania era ya una Religiosa profesa. Habló con el director de la Orden, pero no aceptaban niñas tan jóvenes en la congregación. Esto causó una fuerte herida en el corazón de Catalina, pero no perdió su fe en el Señor.
Cuando su padre murió, se pensó que era necesario mantener el mando político uniendo en matrimonio a los hijos del mismo rango. A la edad de 16 años se vio obligada a casarse en un matrimonio de conveniencia. Su esposo era totalmente opuesto a Catalina, ella piadosa y él, un hombre de mundo que no tenía compasión ni escrúpulos por nadie, ni por nada. Los primeros años de su vida matrimonial fueron muy difíciles.
Catalina, después de haber aguantado muchas infidelidades de parte de su esposo, a los cinco años de casada, se sintió abandonada de todos y en profunda desolación, incluso de Dios. Volcó su vida a la frivolidad, de fiesta en fiesta, trataba de buscar un significado a su vida. Pero esto no la llenó de paz ni de gozo, mas bien de desesperación y depresión.
Su Conversión
El 21 de marzo, de 1473, en la fiesta de San Benito, su hermana Limbania le sugirió que fuera donde un sacerdote confesor, ella consintió. Se encontró con un santo confesor por medio del cual el Señor la llenó de gran fortaleza y de Su amor incondicional; cayó en éxtasis y se sintió incapaz de confesar sus pecados.  En ese momento el Señor le mostró toda su vida como pasada en una película; pudo ver la traición que ella había hecho al amor del Señor, pero al mismo tiempo pudo ver a través de las Sagradas Llagas de Jesús, la gran misericordia del Señor por ella y por todos los hombres, y el contrastante amor de Dios y el amor del mundo. Esto le hizo repudiar desde ese momento el pecado y el mundo.  Ese mismo día, estando en su casa, el Señor se le apareció, todo ensangrentado, cargando la cruz, y le mostró parte de Su vida y de Su sufrimiento. Ella, llena del amor del Señor y triste por los diez años que había desperdiciado no amando al Señor, decidió limpiar su vida y así, empezar una vida nueva en El.
Luego, Nuestro Señor durante otra aparición, hizo recostar la cabeza de Catalina en Su Pecho al igual que el Apóstol San Juan, dándole la gracia de poder ver todo a través de Sus ojos y sentir a través de Su corazón traspasado.
Por medio de sus constantes oraciones, su esposo se convirtió y aceptó vivir en celibato perpetuo. Decidió entrar en la orden franciscana terciaria y se trasladaron del palacio a una casa pequeña cerca del hospital, donde servían a los enfermos, ayudándolos a morir en paz. Es allí donde su esposo muere víctima de una enfermedad contagiosa.
Catalina y la Eucaristía
El día de la fiesta de la Anunciación, después de su conversión, durante la celebración de la Santa Misa, en el momento de la Comunión, el Señor le dio un amor ardiente por la Eucaristía, y desde ese día comenzó a comulgar diariamente.
El Señor la invita a estar con El en el desierto
Rememorando los 40 días Jesús pasó en el desierto, Catalina no comía ni injería bebida alguna durante la cuaresma, alimentándose únicamente de la Eucaristía. Continuó haciendo esto todos los años durante cuaresma y adviento. Nunca manifestó debilidad ni dolor, excepto cuando por alguna razón no podía recibir la Eucaristía. El testimonio de que la Eucaristía es Fuente de Vida, se vio sobrenaturalmente manifestado en ella.
Siempre mostró gran reverencia y amor por la Eucaristía. Durante las celebración de la Santa Misa, su espíritu permanecía siempre recogido, sobre todo a la hora de recibir la Sagrada Comunión, muchas veces se le vio caer en éxtasis, y llorando rogaba a Dios perdonara sus pecados.
Ella comentaba que cuando recibía la Comunión sentía que un rayo de amor traspasaba profundamente su corazón, a semejanza de otros místicos como Santa Teresa de Avila, San Juan de la Cruz, Santa Gemma Galgani, Santa Verónica Guliani y el Padre Pío. Esto es el don de la transverberación. Su gran amor por Nuestro Señor en la Eucaristía, la hacía desearlo solamente y únicamente a El.
Sacrificio y mortificación. La Agonía y el Éxtasis
Durante los primero cuatro años, seguidos a su conversión, practicó sacrificios y penitencias para disciplinar sus sentidos, mortificando todo deseo de la carne. Se abstuvo de comer carne y todo tipo de frutas. Dormía sobre objetos puntiagudos que cortaban su piel y le ocasionaban sangramiento. Practicó una fuerte austeridad durante estos años, pero siempre tuvo el cuidado del cumplimiento diario de sus deberes. Pasaba largas horas en oración para poder llenarse del Señor y permanecer fuerte en los momentos de tentación.
Como todos los santos, dedicó su vida a amar a Dios y al servicio de los hermanos no buscando su propia comodidad y deseos.
La penitencia que Catalina practicaba era muy fuerte, tanto así que nuestro Señor en una ocasión le ordenó que cesara de practicar esas mortificaciones y penitencias tan severas, a lo que ella obedeció.
Catalina siempre buscó la vida escondida, deseando la vida íntima con el Señor, pero nunca tomó ningún don como merecido, pues sabía que por ella misma nada bueno podía hacer. En todo ello veía el gran amor de Dios, rogándole que siempre se hiciera en ella Su voluntad.
Durante una aparición el Señor le dijo: "Nunca digas yo deseo, o yo no deseo. Nunca digas mío, sino siempre nuestros. Nunca te excuses, sino que siempre estés pronta para acusarte a ti misma".
Batalla ente el Amor Divino y su amor propio.
Catalina describía el amor propio como el odio propio, decía que el amor propio es el anzuelo puesto por el diablo para hacernos caer y la estrategia para traer el mal al mundo.
El alma absorbida por el amor propio se dirige a la total ruina espiritual. Sorda y ciega para la Verdad, condena su ser voluntariamente, abriéndose camino al Purgatorio o a la eterna agonía del infierno. Para ella el amor propio causa mayor muerte que la muerte de nuestro propio cuerpo, pues nos aparta del Amor Divino, de la Verdad y de la verdadera Voluntad de Dios. "La mejor manera de amar al Señor de una forma plena es olvidándose de uno mismo", insistía.
Muerte de Santa Catalina de Génova
Nueve años antes de su muerte, Catalina sufrió estuvo muy enferma. Nada quitaba sus dolores y su condición iba deteriorándose paulatinamente. Sufrió mucho a semejanza de su Divino Esposo, no había una sola parte de su cuerpo que no sufriera dolor. Su cuerpo y su espíritu estaban completamente unidos a los sufrimientos de la Pasión de Cristo, aun cuando dormía.
Durante el último año de su vida, vivió prácticamente alimentándose en una semana lo que se come regularmente en un día y, aunque físicamente estaba padeciendo terriblemente, siempre mostró una especial paz.
Catalina murió el 14 de septiembre, de 1507 , día de la Exaltación de la Cruz. Su cuerpo fue enterrado en el hospital donde sirvió por mas de 40 años. Cuando años mas tarde se abrió su tumba, sus vestidos presentaban signos de descomposición así como el ataúd, pero su cuerpo estaba intacto, igual que el día en que había sido enterrado.
Muchos milagros a partir de su muerte.
Una amiga de Catalina que estaba críticamente enferma, tuvo una visión de Catalina en el cielo, gozando de la Luz Divina. Entonces pidió a los enfermeros del hospital que la trasladaran y la colocaran cerca del cuerpo de Catalina, y que pasaran sobre la parte de su cuerpo que estaba enfermo, un pedazo de tela del vestido de Catalina, en ese instante la amiga de Catalina pidió la intercesión de la santa e inmediatamente fue sanada.
Fue Canonizada el 18 de mayo de 1737 por el Papa Benedicto XIV.
Su cuerpo permanece incorrupto en la iglesia del hospital donde sirvió tantos años. Su nombre original es la Santísima Annunziata, pero se agrega el de Santa Catalina.  Originalmente era parte del hospital pero este fue destruido por la guerra mientras que la iglesia fue prodigiosamente salvada. Hoy día la iglesia es mantenida por los frailes franciscanos.
Dirección de la iglesia: Santuario S. Caterina da Genova; Viale IV Novembre, 5 - 16121 Genova

Revelaciones del Señor a Sta. Catalina:(D = Dialogo espiritual - P = Purgatorio)

El alma "no podía quedar sacia" de los bienes terrenales. "Cuanto más los buscaba" menos se aquietaba. (D 17)

"Ves tú esta sangre? Toda se ha esparcido por amor tuyo y para reparación de tus pecados". (D 51)

"Desde ahora en adelante todo lo que acaecerá lo quiero recibir de la benigna mano de Dios". (D 69)

"Las almas del Purgatorio son todas transformadas en la voluntad de Dios y se contentan de todo lo que El ha establecido". (P22)

"No creo que se puede encontrar felicidad comparable a la de un alma purgante", aun si sufre una "pena tan extremada" que no se encuentre lengua capaz de expresarla. (P4-5)

Sobre el pecado:
La fuente de todo sufrimiento es originado por el pecado. Dios creó el alma pura, simple, libre y con deseos para adorarlo a El. Todo esto se perdió por el pecado original y por los demás pecados actuales, aumentando el pecado y disminuyendo la comunicación y comunión con El, llenando el alma de oscuridad y apartándola de Dios.
Sobre el infierno y las almas:
Así como el espíritu purificado no encuentra reposo solamente en Dios por quien fue creada, así las almas en pecado no pueden descansar más que en el Infierno, razón por la cual tuvieron ese fin.

lunes, 17 de enero de 2011

VOCACIÓN A LA SANTIDAD

         
Todo hijo de la Iglesia debe comprender que está llamado a ser santo[1]. El ser siempre y enteramente santos, como santo es el que os llamó [2] neotestamentario sitúa al cristiano en el horizonte de una vida conforme al designio divino que pide la perfección en el amor. Es precisamente el Señor Jesús quien invita a seguir su camino hacia la plenitud, enseñando: Por lo tanto sean perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos[3]. La palabra del Señor invita a todos cuantos la oyen a la vida santa. «El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador»[4]. El Concilio Vaticano II ha sido muy claro al respecto dedicándole todo un capítulo de la Constitución Dogmática Lumen gentium[5]. En él leemos un pasaje fundamental en el que conviene reflexionar: «Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición [6]están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esa perfección empeñan los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo»[7].
La vocación a la vida cristiana y el llamado a la santidad son, pues, equivalentes, ya que todo fiel está llamado a la santidad[8]. La santidad está en la misma línea que la conformación con Aquel que precisamente es Maestro y Modelo de santidad. Nadie pues que realmente quiera ser cristiano puede considerarse exento del imperativo de aspirar a la santidad. Ninguna excusa, como la dificultad de ese camino o las atracciones del mundo o lo complejo de la vida hodierna, puede aducirse para escamotear el destino de felicidad al que Dios llama al hombre. No hay, pues, excusas válidas para desoír el llamado a caminar hacia la plenitud, hacia la felicidad plena. Existe sí la libertad de decir «no». Siempre existe esa posibilidad, pero al decir «no» la persona se está cerrando al designio que Dios le tiene preparado, es decir, está renunciando a su felicidad. Es posible decir «no», pero esa es una actitud no libre de gravísimas consecuencias para la persona y para la misión que está llamada a realizar en el mundo. En el fondo, decir «no» es optar por la muerte. Es sin duda rechazar la Vida que trae el Señor Jesús, es no conformarse a la vida cristiana que de Él proviene, es cerrarse al camino de profunda transformación y quedarse sumergido en las propias inconsistencias, en el anti-amor, en la anti-vida.
No es el caso abundar aquí sobre la naturaleza de este llamado a la santidad y el designio divino sobre el ser humano[9], pues además del Concilio Vaticano II no pocos autores se han ocupado de él[10], y por lo demás hoy es un asunto bien conocido. Hay, sin embargo, algunas cosas que conviene poner de relieve.
Si bien la santidad en la Iglesia es la misma para todos[11], ella no se manifiesta de una única forma. Por ello la insistencia en que cada uno ha de santificarse en el género de vida al cual ha sido llamado, siguiendo en él al Señor Jesús, modelo de toda santidad.
Cada uno, en su estado de vida y en su ocupación, desde sus circunstancias concretas, «debe avanzar por el camino de fe viva, que suscita esperanza y se traduce en obra de amor»[12]. Así, el obispo se ha de santificar como obispo concreto, el sacerdote como sacerdote concreto, el diácono como tal, las diversas categorías de personas que han sido llamadas a la vida de plena disponibilidad en su llamado y circunstancias concretas, los laicos casados como casados[13], y los laicos no casados aspirando a la perfección de la caridad como laicos. Así pues, cada uno ha de buscar santificarse en su propio estado, condición de vida y en sus circunstancias concretas. Esta es una enseñanza de siempre, si bien el Vaticano II ha sido ocasión para que recupere toda su fuerza doctrinal[14].
Esta vinculación de la misma vida cristiana con la santidad está fundada en el bautismo, cuyas virtudes cada bautizado debe procurar conservar, manteniéndose en la relación con Dios que la gracia posibilita y evitando toda ruptura en esa relación fundamental. Igualmente se trata no sólo de permanecer en el amor y así permanecer con Dios[15], sino de poner por obra la gracia amorosa que el Espíritu derrama en los corazones[16]. El cristiano que realmente aspira a ser coherente ha de vivir según la fe en todos los momentos de su vida, nutriéndose de la gracia y celebrando la fe de tal modo que toda su vida se desarrolle en presencia de Dios, en espíritu de oración, aspirando a que los dinamismos de comunión se alienten en el ejemplo del don eucarístico. No existe eso de cristiano en cómodas cuotas horarias, diarias ni mucho menos semanales. La vida cristiana debe manifestarse cotidianamente y en todos los momentos. Así, cada uno irá cooperando desde su libertad con la gracia recibida, creciendo en amorosa adhesión al Señor Jesús y conformándose con Él, tendiendo a la perfección del amor de la que nos da paradigmático ejemplo. Así pues, una vez más con la esperanza de que quede del todo claro: «Todos los cristianos, por tanto, están llamados y obligados a tender a la santidad y a la perfección de su propio estado de vida»[17]. Es decir, todos, en los distintos estados y condiciones de vida, han de orientar su existencia según el Plan de Dios evitando dar cabida a pensamientos, sentimientos, deseos o acciones que obstaculizan ese designio divino y llevan a considerar como permanente este mundo que pasa[18], y buscando seguir cada vez más de cerca el Plan amoroso de Dios hasta producir los frutos del Espíritu, viviendo y actuando según Él[19].
La santidad es el gran regalo para el ser humano. Por los misterios de la Anunciación-Encarnación, Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión del Verbo Encarnado, el amor de Dios se abre de modo inefable a la humanidad y posibilita el restablecimiento, a niveles impensados, como «hijos en el Hijo», de la amistad con Dios. Esta santidad es pues decisiva para la felicidad del ser humano. Es meta fundamental a la que se debe tender para alcanzar la plenitud. No es superflua, en lo más mínimo, aunque es gratuita. Se debe siempre a la iniciativa y al don de Dios, pero requiere de una colaboración entusiasta y eficaz. El deber querer ser santo es algo que debe ir con naturalidad con la vida cristiana. Todo creyente debe dejarse invadir por un intenso ardor por aspirar a la propia santidad. No hacerlo es demencial. Todo bautizado debe tomar conciencia de qué significa realmente ser bautizado y valorar tan magno tesoro pensando, sintiendo y actuando como cristiano. Es, pues, necesario que cada uno ponga el mayor interés y dedique lo mejor de sí a responder a la gracia, cooperando con ella desde su libertad para vivir cristianamente y así acoger el designio divino y llegar a ser santo, para llegar a ser feliz.
Pienso que la asincronía existencial que el secularismo ha introducido de manera flagrante en la vida de los seres humanos de hoy es el mayor peligro de la seducción del mundo en el aquí y ahora. La coherencia y unidad del ser humano no pueden ser juguete de los ritmos de la vida hodierna, ya que su felicidad eterna está en juego. Así pues, si un bautizado no encuentra en sí el suficiente entusiasmo para entregarse con todo su ser a la hermosa tarea de hacerse ser humano pleno en amistad con Dios, ha de preguntarse, ante todo, ¿qué mentira le tiene embotado el corazón? ¿por qué se permite la locura de vivir en una dualidad exis- tencial, por un lado lo que dice creer y por otro su vida diaria? La santidad es una apasionante tarea que, cuando se la entiende como lo que en verdad es, despierta un entusiasmo desbordante y una opción fundamental firme por vivir a plenitud la vida cristiana, viviendo, precisamente, en cristiano los diversos actos en que se va manifestando la existencia[20].
En el proceso de valorar la santidad y de entusiasmarse por ella, hay una persona que ilumina toda santificación en la Iglesia. Es María[21], Virgen y Madre, que brilla ante todos como paradigma ejemplar de todas las virtudes[22]. Ella que es el fruto adelantado de la reconciliación «en cierta manera reúne en sí y refleja las más altas verdades de la fe. Al honrarla en la predicación y en el culto, atrae a los creyentes hacia su Hijo, hacia su sacrificio y hacia el amor del Padre»[23]. María, por su adherencia y unión con el Señor Jesús, es modelo extraordinario de santidad, que se expresa en su fe, esperanza y amor, y desde esa santidad, ejerciendo tiernamente la tarea de ser Madre de todos sus «hijos en su Hijo», que le fue explicitada al pie de la Cruz[24], coopera a la santidad de cada uno ayudando a su nacimiento, guiándolo, educándolo en la adhesión y comunión con el Señor Jesús[25].
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