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Todos tenemos el compromiso de asumir la responsabilidad, de responder como Hijos de Dios ,buscando siempre lo más perfecto, lo más bueno y rechazando todo mal . El cristiano solo se pone mal cuando ofende a los hermanos y no por el mal recibido,

miércoles, 27 de abril de 2011

Tú también puedes ser santo

Dios te llama a través de lo diario, de lo cotidiano, de tus compañeros y maestros, de tus tareas, de tus problemas, éxitos y fracasos


Los defectos de los santos

Algunos libros de vidas de santos han omitido las debilidades de sus protagonistas, probablemente porque temían que nos escandalizáramos al saber que fueron hombres y mujeres como nosotros.

Pero precisamente es bueno comprobar que los que están en los altares no son de cera, ni de yeso, ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas comunes que tienen que tomar medicamentos o duermen mal o se distraen en la oración.

Muchos libros han puesto a los canonizados tan distantes de nosotros, que lo único que podemos hacer es admirarlos. Los colocan tan lejos, tan arriba, tan cubiertos de ropajes incómodos y ostentosos, tan desligados de todo lo nuestro, que no hay forma de imitarlos. Estas biografías nos convencen que la santidad no es para nosotros.

Pero las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: ellos luchaban y ganaban, luchaban y perdían y entonces volvían a la lucha.

En la vida de las almas santas hay algunas veces cosas extraordinarias, acontecimientos sobrenaturales, intervenciones claras de Dios. Pero no son éstas las que los llevaron a ser santos, pues las acciones no eran de ellos, sino de Dios. Lo que los hizo santos fue la generosidad en la correspondencia al amor de Dios en su vida ordinaria, en todos los días, los meses, los años en los que no hubo cosas extraordinarias.

Es bueno saber que santa Teresita del Niño Jesús tenía una terquedad invencible desde niña; que san Alfonso María de Ligorio tenía un genio endemoniado; que san Agustín fue un gran pecador antes de su conversión y que santa Teresa de Jesús confesó nunca haber podido rezar un rosario completo sin distraerse.

Es admirable ver a los santos: hombres muy hombres y mujeres muy mujeres, con grandes virtudes, acciones heroicas y fallos garrafales.

La santidad no consiste en subirse a una columna con una palma en la mano y un crucifijo en el pecho. Los santos no son inactivos, siempre se mueven haciendo cosas tan simples como preocuparse por la enfermedad de un hermano, dar de comer al perro, cumplir con su trabajo y hacer con alegría los encargos que les piden.

Estos son los santos de hoy, los que van en el metro, rezan a la Virgen, trabajan en el campo, escriben a máquina, descansan el fin de semana y vuelven todos los lunes al mismo trabajo, preocupándose sólo de hacer extraordinariamente bien aquello que les ha tocado hacer.

por Jesús Urteaga Loidi

Llamados a la santidad

Aquellos que viven una vida en Cristo pueden obtener la Salvación. Nosotros les llamamos santos. La Iglesia pasa ha establecido un proceso muy minucioso para considerar la santidad de una persona fallecida. Sin embargo todos somos llamados a ser santos puesto que la voluntad de Dios es que seamos santos, ya que nada profano puede entrar al Cielo [Apocalipsis 21:27], por eso "nos tenemos que volver santos".

Tenemos una nube de testigos en nuestra Iglesia y les llamamos santos porque ellos han vivido sus vidas de acuerdo al Evangelio [Hebreos 12:1]. Algunos de ellos han hecho milagros, todos son nuestros intercesores ante Dios. La Virgen María es la mas grande de todos los santos. Los cuerpos de algunos santos permanecen incorruptos por cientos anos después de sus muertes como testimonio con un signo de Dios [Hechos 2:27].

Muchos de nosotros perdemos el entusiasmo de vivir una vida de santidad porque nos parece que es algo imposible [Lucas 5:8]. Si esto fuera imposible, el Señor no nos llamaría a la santidad, por eso es nuestro deber responderle a su llamado.

El pecado

El alma es el espejo de la luz de Dios, El mira al alma nuestra como cualquiera de nosotros se mira en un espejo. Cuando pecamos enmugramos la superficie de nuestras almas y no podemos reflejar mas la luz de Dios. El alma es herida por el pecado y se vuelve como un leproso, tan solo la sanación que viene del perdón de Dios le puede restaurar.

El pecado nos separa de Dios, al igual que una pared separa un lado de otro. Nuestros pecados crean una pared tan inmensa que no nos permite llegar a Dios [Isaías 59:2], y puesto que es hecha por nosotros mismos, Dios espera hasta que la derribemos con nuestro arrepentimiento.

Nuestros pecados son oscuridad, Dios es Luz. Nosotros podemos pensar de alguien en un cuarto cerrado, con todas las ventanas y puertas cerradas, sin ninguna grieta que permita que entre la luz, en otras palabras sin ninguna luz. Así es que nosotros vivimos cuando estamos en pecado. La luz de la Gracia de Dios no puede penetrar el mundo de oscuridad que nuestros pecados han creado. Es entonces cuando tenemos que abrir personalmente las ventanas de nuestras almas con el arrepentimiento y el dolor de haber ofendido a Dios para que su luz pueda brillar de nuevo sobre nosotros trayéndonos paz, amor y gozo.

El pecado es algo muy detestable y horrible, en contraste Dios es muy amable y hermoso así que El no puede soportar la vista del pecado, El es perfecto y no puede tolerar las imperfecciones, El es Amor y no puede aceptar el odio.

Todo los opuesto de lo bueno nos impiden tener una relación perfecta con Dios, así que tenemos por eso que destruir el pecado completamente en nuestras vidas para poder vivir para Dios.
Como deshacernos del pecado?

"¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" [Lucas 18:10-14]

Dos hombres vinieron al templo, uno se estaba justificando a si mismo diciendo: Señor gracias por haberme hecho un hombre bueno, yo pago mis contribuciones a la Iglesia, doy limosnas, estudio la ley de los profetas, soy realmente bueno, pero ese hombre que esta allí en aquella esquina es un publicano, verdaderamente un pecador, estoy muy contento de que no soy como el. Mientras tanto el otro hombre estaba dándose golpes de pecho y diciendo "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"

Jesús aseguró que el segundo hombre se fue a casa justificado de sus pecados porque aceptó que era pecador. De la misma manera en otra ocasión alguien llamó al Señor bueno, pero el Señor le contradijo diciéndole que tan solo hay uno quien es bueno, el Padre en el Cielo. Por esto, nosotros no somos buenos. Mientras mas pensemos que lo somos, menos buenos seremos porque estamos permitiendo que el orgullo nos domine.

Tenemos que entender que la única razón por la cual Cristo murió por nosotros es porque su bondad compensa por nuestra maldad. Hemos ofendido a Dios empezando por Adán hasta el ultimo hombre, y la ofensa es de valor infinito porque ha sido hecha no en contra de algo o alguien finito sino en contra de Dios quien es Poderoso e Infinito en todas sus perfecciones. Por esta razón nuestra ofensa tenía que ser pagada con moneda de valor infinito la cual es Cristo Nuestro Señor.

Tenemos una deuda infinita con El, si es que aspiramos a vivir eternamente. Como podemos pagarle? Dios sabe de que somos hechos y El solamente espera que creamos en El, que creamos en Su HIjo y que aceptemos Su Salvación. El nos ha llamado al arrepentimiento, a que enmendemos nuestras vidas para amarle y para amar a nuestro prójimo.

El hombre justo peca siete veces al día [Proverbios 24:16], así que tenemos deveras que pecar aun mas veces que "el". Debemos aceptar que somos pecadores y tenemos que derramar lagrimas de arrepentimiento por nuestros pecados.

Para poder apreciar el Amor de Dios por nosotros, tenemos que familiarizarnos con la Pasión, agonía y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Rey. De esta manera le conoceremos mas y este conocimiento crecerá hasta convertirse en un gran amor de Dios. De la misma manera entenderemos el papel de la Virgen María en nuestra Salvación, puesto que es a través de María que Jesús vino al mundo y nosotros tenemos que convencernos de la deuda que tenemos con Ella quien es nuestra Madre y Reina.

Dios es infinitamente misericordioso [Salmo 103], pero nosotros tenemos que venir al Trono de la Misericordia para obtener perdón por nuestros pecados, tenemos verdaderamente que tener dolor de haber crucificado a Jesús en la cruz y tenemos que venir a El con humildad porque sin El no hay Salvación.

El ha fijado su Trono de Misericordia en el confesionario, donde El nos escucha a través del Sacerdote para que nosotros nos podamos humillar y al confesar los pecados a otro hombre estamos dando testimonio de que Jesús es nuestro Salvador, de que El esta aun vivo a través de los Sacramentos de su Iglesia. "Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos" [Mateo 28:20].

El Sacramento de la Reconciliación produce el fruto de la paz en nuestras almas y nos prepara para ser dignos de recibir el Precioso Cuerpo y la Sangre de Jesús en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía.
http://www.theworkofgod.org/spanish/Libreria/Jose/Santo4.htm

Ser santos hoy

SER SANTOS HOY


Hoy en día hablar de santidad resulta poco menos que chocante para la sensibilidad moderna, tan ocupada en asuntos más importantes. El dinamismo secularizante de nuestros tiempos ha relegado la santidad al campo de lo mítico e incluso de lo anecdótico. Los santos aparecen como seres cuasi legendarios, cuyas pálidas imágenes adornan los oscuros rincones de las iglesias.

Para muchos bautizados el tema de la santidad se presenta no menos distante y ajeno, como un ideal muy digno y encomiable, pero totalmente lejano e inalcanzable. Existe, sí, una profunda veneración y respeto hacia aquellos hombres y mujeres que hicieron de su vida cristiana un testimonio heroico de virtudes, pero también se les percibe como un grupo de elegidos, una suerte de aristocracia espiritual para quienes están exclusivamente reservadas las altas cumbres de la unión con Dios.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II nos recuerda una verdad fundamental, siempre presente en la vida de la Iglesia pero que hoy en día adquiere una especial resonancia para los hombres y mujeres de nuestro tiempo: "Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre" (Lumen gentium, 11).

¡Sí! ¡Todos estamos llamados a ser santos! Dios mismo "nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1, 4). Ése es el camino de plenitud al cual nos invita el Señor Jesus: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48). No basta, pues, con ser buenos, con llevar una vida común y corriente como todo el mundo, sin hacerle mal a nadie. El Señor Jesús nos invita a conquistar un horizonte muchísimo más grande y pleno: la gran aventura de la santidad. Ésa es la grandeza de nuestra vocacion: "Porque ésta es la voluntad de vuestro Dios: vuestra santificación" (1Tes 4, 3).

SANTIDAD Y REALIZACIÓN PERSONAL

Este camino de plenitud que todos estamos invitados a recorrer es el único que verdaderamente conduce hacia nuestra plena realización personal. En efecto, santidad y realización personal se identifican. El llamado a ser santos es un llamado a ser persona humana abierta al encuentro con Dios.

Y es que el ser humano está sellado en lo más hondo de su mismidad por una intensa necesidad de infinito, por una profunda hambre de trascendencia y plenitud. Esta dimensión tan esencial de la persona se traduce en aquella aspiración al encuentro presente de manera constitutiva en sus dinamismos fundamentales. El ser humano, imagen y semejanza de Dios, ha sido creado para abrirse desde su libertad al encuentro con Dios, Comunión de Amor, y, análogamente, con los demás hombres. De ahí que el hombre sólo puede encontrar su realización plena y definitiva recorriendo la dirección hacia donde apuntan los dinamismos fundamentales presentes en su yo profundo.

En el Señor Jesús, fuente y modelo de toda santidad, encontramos la verdadera identidad de nuestro ser, el horizonte al que debemos dirigirnos para alcanzar la plenitud que anhelamos. Al adherirnos existencialmente a Él ingresamos en la dinámica del encuentro. La santidad es un proceso configurante que se da a través de una profunda transformación interior, de manera que pueda repetir con el Apóstol: "Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gál 2, 20).

La opción fundamental por el Señor Jesús se presenta, pues, como camino ineludible para todo aquel que desde su libertad busca ser fiel a su propia humanidad.

GRACIA Y LIBERTAD

La santidad aparece ante nosotros como un apasionante desafío. Se trata de un largo camino por recorrer, no exento de dificultades. Ser santos no es algo fácil. Nunca lo ha sido. Pero tampoco se trata de algo imposible, pues es la fuerza de la gracia la que nos guía y sostiene.

Sin embargo, para que la acción de la gracia sea eficaz, requiere de nuestra cooperación libre y activa. No basta con decir "Señor, Señor" (Mt 7, 21). Es necesario realizar un esfuerzo serio y responsable por corresponder a los dones de Dios, despojándonos de todo aquello que impide al don de la reconciliación fructificar en nosotros, buscando reordenar nuestras facultades y potencias heridas por el pecado, así como revistiéndonos de los hábitos y virtudes contrarios, según el Plan de Dios. De esta manera, gracia y libertad humana se encuentran en un fructífero proceso que conduce hacia nuestra santificación.

SANTOS EN MEDIO DEL MUNDO

Las características de nuestro tiempo nos muestran un modelo de santidad para el creyente hodierno. Sin negar la validez de otros modelos de santidad, el santo de nuestro tiempo no destaca por una forma de existencia extraordinaria, llamativa y fuera de lo común, sino que es aquel que vive su vida ordinaria con tal intensidad, que hace de ella un culto agradable a Dios, así como un elocuente testimonio del amor de Cristo en medio del mundo.

El santo de nuestro tiempo descubre en las realidades terrenas un ámbito de realización personal querido por Dios. Su presencia y compromiso en medio del mundo según el designio divino configuran tanto su identidad personal como su propia realización y felicidad. Esta presencia se traduce en acción transformante por medio del amor, acción que brota de un compromiso profundo con el Señor y que se manifiesta en el silencio de las actividades ordinarias de cada día, a semejanza de nuestra Madre María.

catolic net

Todos llamados a ser santos

Tu también puedes ser santo

Seguramente habrás oído a alguien decir que todos los cristianos estamos llamados a ser santos y tal vez no puedes imaginarte a ti mismo como estatua de yeso en el altar de una Iglesia, rodeado de veladoras y reliquias. Tal vez te parezca ridículo pensar que se fabriquen estampitas con tu fotografía, a la que le hayan sobrepuesto una coronilla refulgente alrededor de la cabeza.

Sin embargo, ser santo no tiene nada que ver con las estatuas y las estampitas. Ser santo es llegar al cielo para estar con Dios y a eso es a lo que estás llamado desde que fuiste concebido en el seno de tu madre.
Seguramente también habrás oído a algún pesimista decir que este mundo no tiene remedio, que va directo a la perdición. Pero esto no será cierto si tú no lo permites.
Es verdad que el ambiente es difícil, que la Iglesia tiene muchos problemas, que hay muchísima gente caminando por senderos equivocados, pero eso ha sucedido siempre.
Desde el principio de la humanidad, han sido sólo unos cuantos los que han seguido a Dios y en ellos Él ha puesto toda su confianza. Dios, el ser supremo, el omnipotente, el omnipresente, siempre ha querido necesitar del hombre para salvar al hombre y con unos cuantos que le han respondido ha podido lograr que la Iglesia sobreviva, a pesar de todos los ataques que ha sufrido externa e internamente.

Dios llama a todos, pero sólo unos cuantos le responden. Ésos son los santos: hombres y mujeres llenos de debilidades y defectos que se han puesto a la disposición de Dios; que han estado dispuestos a darle cinco panes y dos peces para que Él pueda dar de comer a cinco mil hombres; que le han prestado una casa para que Él instaure la Eucaristía; que han quitado piedras de los sepulcros para que Él resucite a los muertos. Hombres y mujeres que se han animado a ser fermento, a ser sal, a ser luz para iluminar a los demás.
El pertenecer a esos pocos que escuchan y responden a Dios sólo depende de ti. Dios pide tu ayuda, cuenta contigo para salvar a muchísimos hombres, pero sólo tú eres el encargado de responderle positiva o negativamente.

Dios te llama a través de lo diario, de lo cotidiano, de tus compañeros y maestros, de tus tareas, de tus problemas, éxitos y fracasos. Todo lo que pasa a tu alrededor es un mensaje divino que te llama a ser santo ahí donde Dios te ha puesto, en esa casa, en esa escuela, en ese trabajo, con esos compañeros y esos hermanos para que los transformes con tu luz.


Comentarios al autor: lplanas@catholic.net

lunes, 25 de abril de 2011

MÁXIMAS ESPIRITUALES DE SAN RAFAEL ARNÁIZ. Homenajeamos al santo en su dia 26 de abril

¡Qué grande es Dios! ¡Qué bien ordena los acontecimientos siempre para su gloria!

¡Sólo Dios llena el alma..., y la llena toda!

La verdadera felicidad se encuentra en Dios y solamente en Dios.

El que no tiene a Dios necesita consuelo; pero el que ama a Dios, ¿qué más consuelo?

¡Cómo se inunda mi alma de caridad verdadera hacia el hombre, hacia el hermano débil, enfermo...! Si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo.

Al amar a Jesús, forzosamente se ama lo que El ama.

La única verdad es... Cristo.

He hecho el votó de amar siempre a Jesús. Virgen Maria, ayúdame a cumplir mi voto.

Para Jesús todo, y todo, para siempre, para siempre.

No le bastó a Dios entregarnos a su Hijo en una Cruz, sino además nos dejó a Maria.

Honrando a la Virgen, amaremos más a Jesús; poniéndonos bajo su manto, comprenderemos mejor la misericordia divina.

¡Qué grande es Dios, qué dulce es María!

viernes, 22 de abril de 2011

Adoración a la Santa Cruz

En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, Amén.

¡Te adoramos Cristo y te bendecimos! ¡Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo!

Consagración

Jesús, me postro de rodillas ante tu Cruz, ante la Cruz sobre la cual moriste por el amor a mí. Por ella obtuviste del cielo la salvación eterna para nosotros y abriste el camino a la reconciliación y a la paz en la tierra. Gracias Señor por tu Cruz... Gracias Señor, por haberla cargado con amor.

Jesús, en este momento reconozco ante ti, que no entiendo porqué tenías que sufrir. Es por ello mayor mi gratitud hacia ti y hacia tu Cruz. Gracias por haberme marcado con el signo de la Cruz desde el principio. En mi bautismo quedó impreso en mi alma y en mi corazón de manera indeleble. Ciertamente no entiendo tu Cruz y sin embargo, no es para mí una locura o motivo de escándalo, sino el símbolo de tu amor y el camino hacia la salvación.



Jesús, tu Madre fiel y valerosa, permaneció al pie de tu Cruz. Ella escuchó y aceptó de corazón cada una de las palabras que pronunciaste, en los momentos más terribles de tu martirio en la Cruz.



María, gracias porque tú también cargaste la Cruz de Jesús. Gracias por haberme invitado a permanecer ante ella y consagrarle mi vida.



María, en este momento deseo consagrarme a la Cruz, de acuerdo a tu invitación. Acompáñame en mi intención y permite que ahora que inicio esta adoración, sea completa mi devoción.



¡Oh Cruz de mi Dios y Señor, hoy me consagro enteramente a ti! Renuncio a cualquier pecado cometido contra ti. Renuncio a cualquier insulto infringido a ti, por parte mía y de los demás. Jesús mío, me avergüenzo de haber pecado, de haberte ofendido a ti y al signo de mi redención personal. De ahora en adelante, deseo pertenecer solamente a tu Cruz. Permíteme que ella sea el único símbolo de mi esperanza y salvación.



(Permanece en silencio ante la Cruz)



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



¡Cruz de Jesús te adoramos,

nuestra vida entera te entregamos,

de todo corazón te adoramos!





Arrepentimiento



Jesús, tu Cruz no es un signo mudo, sino un grito de perdón, un llamado a la reconciliación del hombre con Dios; un lamento que nos invita a practicar la justicia universal y el amor. No permaneciste en silencio mientras colgabas de la Cruz. El sufrimiento no logró cerrar tus labios ni deformarlos siquiera con el deseo de venganza, sino que los abrió en los más arduos momentos, para procurarnos amor y perdón.



Por tanto, gracias por haber pronunciado palabras de perdón, cuando mayores razones tenías para condenar. Gracias por haber pedido a tu Padre perdón y misericordia, a la hora de tu crucifixión.



Padre, gracias por haber escuchado las palabras de tu Hijo, en momentos en que era probada tu bondad paternal, ante los sufrimientos de Jesús.



Jesús, ninguno de aquellos hombres, ni siquiera los que tramaron tu muerte, esperaban escuchar de ti estas palabras. Llevados por el odio y la obscuridad total, descargaron su rencor sobre ti, clavándote en la Cruz. Se burlaron de ti y sin embargo tu, suplicaste al Padre que no los castigara por ello. ¡Oh Señor, permite que estas palabras resuenen en mi corazón!



(Repite en tu interior, "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen...")



Jesús, en mi mente permanecen frescas las escenas despiadadas de tu pasión.



¡Cuánta crueldad en los hombres! Pasaste tu vida en la tierra haciendo el bien y mira cómo fuiste retribuido. Lamento que esto tuviera que suceder. Préstame tus lágrimas Señor, para llorar ante tu Cruz, signo de la crueldad de los hombres y de su inclinación hacia el mal, pero más que eso, signo de tu eterno amor por nosotros.



En este momento deseo que tu clamor encuentre eco en mi corazón. Haz que despierte en mí el arrepentimiento verdadero por mis pecados, y el deseo sincero de reconciliarme con Dios.



(Medita profundamente y arrepiéntete de tus pecados, especialmente de tu odio e intolerancia hacia los demás).



Jesús, permite que en este día yo reciba la gracia de perdonar, por medio de María. Perdónenme los dos, porque no soy capaz de reconocer mis faltas. ¡Sálvame Señor de mi iniquidad! Que la paz y el perdón penetren profundamente en mi interior.



(Permanece en silencio y después de una pausa canta o medita el salmo 130, 1-5)



Desde lo más profundo grito a Ti, Yahveh:

¡Señor, escucha mi clamor! ¡Estén atentos

tus oídos, a la voz de mis súplicas!

Si en cuenta tomas las culpas, oh Yahveh,

¿quién Señor resistirá? Mas el perdón

se halla junto a Ti, para que seas temido.

Yo espero en Yahveh, mi alma espera en

Su palabra;...



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



¡Perdóname mi Dios, me arrepiento, perdóname! Mira cómo muere de pena mi corazón.

Reconocimiento



Jesús, reconozco en tu Cruz el eterno amor que nos tienes. Lo diste todo por nosotros los hombres, tus hermanos y hermanas. Nos amaste hasta el punto de aceptar una muerte humillante. Penetraste los abismos más profundos del sufrimiento humano. Padeciste infinitamente.



Cargaste tu Cruz con amor y sin embargo, eso no te hizo inmune al intenso dolor. No podría decirte: que fácil perdonar para ti, tú eras el Hijo de Dios... No , no fue sencillo para ti porque sufriste sin recibir consuelo alguno y es ésta la forma más difícil de padecer. Te sentiste solo, abandonado, impotente. Y fue entonces que diste ese grito conmovedor.



Permite Jesús, que también estas palabras penetren profundamente en mi interior. Haz que sacudan mi conciencia e inspiren en mí el más grande amor y abandono hacia el Padre, porque tú ya vaciaste por mí el cáliz del desamparo total.



(Medita en silencio estas palabras)



Jesús mío, perdóname porque mi amor por ti no ha sido desinteresado. Perdóname, porque sólo he buscado ser consolado y porque en ese afán mío, que fácil me ha resultado reclamar al Padre: ¿Dónde estás? ¿Porqué no me escuchas, porqué no me ayudas? Perdona mi desconfianza hacia el Padre Celestial. Cuán falsa y superficial ha sonado mi voz, cuántas veces he dicho: Padre, hágase tu voluntad...



Te pido Jesús, por todos aquellos que gimen en medio de sus padecimientos y enfermedades y que –sin dudar por ello del amor del Padre y dispuestos a aceptar su voluntad– beben el cáliz de su sufrimiento hasta el final, ofreciéndolo por la salvación del mundo. Permite que crezca en ellos tu amor y su confianza en ti, a pesar de las pruebas y tribulaciones.



Señor, te pido por los que –a causa del sufrimiento– han perdido la confianza en el Padre, y ahora ya no buscan más hacer la voluntad divina, sino que viven amargados, sin reconciliarse con Dios y los hombres. Jesús, tu experimentaste el dolor. Es por eso que no les reprochas su actitud, sino que ofreces al Padre sus lamentos, suplicándole que les conceda su perdón y su paz.



María, Madre de la Consolación, no te fue posible consolar a tu Hijo en los momentos más agudos de su pasión tu misma te sentiste impotente ante su dolor y sin embargo, no desesperaste, sino que repetiste una vez más las palabras que pronunciaste en Nazaret: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra."



Te pido María, que nos acompañes en esos momentos, cuando nos sintamos abandonados e incomprendidos. Permanece junto a nuestra cruz y di, en paz, por nosotros: "Padre, aquí estoy. Te pertenezco. ¡Soy Tuyo!"



(Permanece en silencio y después de una pausa, canta o medita el salmo 34, 18-20)



Cuando gritan aquellos, Yahveh oye,

y los libra de todas sus angustias;

Yahveh está cerca de los que tienen roto el

Corazón, él salva a los espíritus hundidos.



Muchas son las desgracias del justo,

Pero de todas le libera Yahveh;..."



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



Oh Dios, me has concebido dones sin fin...

Oh Dios, me has concebido dones sin fin;

Pero, ¡hay de mí!, porque al no apreciarlos,

He sido una criatura irresponsable.





Agradecimiento





Padre, ante la Cruz de tu hijo Jesús, te doy las gracias por las palabras que pronunció, mientras pendía del madero. Yo sé que tú las escuchaste todas.



María, gracias porque cuando Jesús te dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", aceptaste de todo corazón esta nueva misión. Gracias porque a través del sufrimiento y el dolor, tu corazón maduró de tal forma en el amor, que en el instante de su muerte, tu hijo te confió a todos aquellos por quienes daba su vida en la Cruz. Madre, fue así que nos diste a todos a la luz al pie de la Cruz. ¡Oh Madre valerosa, gracias porque no temiste al dolor ni a la Cruz! Gracias, porque fuiste merecedora de la confianza de Jesús...



(Permanece en silencio y escucha en tu corazón las palabras de Jesús: "Mujer, ahí tienes a tu hijo...")



Jesús mío, cuánto sufrió tu madre, al cargar pacientemente su Cruz, mientras seguía tus pasos, camino al Calvario. Te pido ahora, por los que se encuentran solos; por los que son rechazados; por los que no tienen a nadie; por los que han sido abandonados...



Te pido especialmente por esos niños que son abandonados por sus padres, porque en su egoísmo han olvidado que fueron ellos, quienes les dieron la vida.



Te pido también, por esos pequeñitos que son asesinados antes de nacer por sus propias madres... ¡María, se tú la madre de todos ellos! Yo sé que tú eres siempre fiel y no vas a huir, porque tú eres valiente. Sé que siempre encontrarás palabras de consuelo en medio del dolor, de gozo en medio de la aflicción; de luz en medio de la oscuridad. Y sé también, que aunque no pudieras expresar estas palabras, continuarías siendo igualmente la Madre fiel, porque tú has tomado en serio la misión que Jesús te encomendó.





Padrenuestro, Ave María, Gloria...





Al pie de la Cruz, la madre quedó,

Miraba a su hijo colgar del madero

Y se llenaron sus ojos con lágrimas amargas.

Al pie de la cruz





Jesús, en medio de tus sufrimientos no te cegaste por el dolor; el odio tampoco logró penetrar tu corazón. Tu amor y el deseo de cumplir tu misión hasta el fin, fueron sostenidos por una fortaleza superior. No caíste en la oscuridad, porque la luz divina que derramaste a lo largo de tu vida, fue más poderosa que las tinieblas. Es por eso que, ahora más que nunca, te doy gracias por haberte ocupado de tu discípulo más amado y en él, de toda la humanidad.



Al mismo tiempo, qué bellas y conmovedoras resultan las palabras que le dirigiste al discípulo, al que amabas con predilección, pidiéndole que se hiciera cargo de tu Madre. ¡Oh, qué efecto habrán causado en él estas palabras, con las cuales lo convertiste en tu hermano! Qué otra cosa podía él hacer, sino contestarte en su corazón: "¡Sí, ella es ahora mi madre!. Lo habría dicho lleno de gozo y profunda gratitud, consciente también de esta sublime responsabilidad. Y desde ese instante la tomó bajo su cuidado...



Jesús mío, mi miseria me hace incapaz de comprender, en toda su magnitud, el profundo vínculo de amor y de unión que debió establecerse y afirmarse en ese momento entre ustedes: tu Madre, tu discípulo y tú. Gracias por haber realizado en toda su plenitud el plan de salvación del Padre. Es en la Cruz y al pie del Cruz donde tiene lugar el principio de una nueva humanidad...



María, gracias por haber aceptado a este nuevo hijo y en él, ¡a todos nosotros!



Juan, te agradezco que por tu parte aceptaras en nuestro nombre a María como Madre. ¡María, yo te acepto también!



(Permanece en silencio)



Ahora sé, que el vínculo que nace en medio del dolor es más fuerte que cualquier parentesco. Es por eso Jesús, que ahora te pido por todas aquellas familias, cuyos lazos entre padres e hijos, hermanos y hermanas se han roto, acabando con la unión entre ellos.



(Ora por alguna familia que se encuentre en estas circunstancias...)



Te ruego también mi Señor, por todas las comunidades religiosas, movimientos cristianos y por la Iglesia entera. Permite a nuestras comunidades ser renovadas con el vínculo que nace del sufrimiento.



Padrenuestro, Ave María y Gloria...



Hay en tu corazón, cabida para todos los hombres.

Y es que tú te entregaste por todos,

para que todos llegasen a amarte.



La Muerte



Jesús mío, Víctima Divina, estás por concluir tu tarea de salvación, tu misión. Terminaste con ella, en medio de los más profundos dolores y ante la furia del pecado y el mal. Toda la cólera del infierno, las tinieblas del mundo, cayeron sobre ti. Tú sin embargo, mantuviste esa dignidad divina que te permitió exclamar: "Todo está cumplido, Padre en tus manos encomiendo mi espíritu..." Y después de aquel grito desgarrador en la Cruz, las puertas del cielo se abrieron nuevamente para todos aquellos que así lo deseen, también para uno de los dos criminales que fueron crucificados junto a ti. Gracias te doy, divino hermano y amigo mío, por haber soportado por mí toda esa agonía y dolor. Jesús, que ese grito tuyo al morir, sacuda totalmente mi interior, para que pueda apartarme del pecado y del mal; del odio y la depravación; de la oscuridad y del infierno, abriéndome en su lugar tu luz.



María, con tu oración obtén para mí esta gracia. Quiero permanecer en silencio junto a ti...



Jesús, con María yo te confío desde ahora la hora de mi muerte. Desde este momento declaro: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Te entrego desde este instante todo el dolor y el temor que habré de experimentar al presentarme ante ti. ¡Purifícame Señor, para merecer encontrarme Contigo! Jesús, cuando esto suceda, llévame a tu Reino como lo hiciste con el buen ladrón.



(Orar en silencio...)



Te pido ahora Señor, por todos los que están a punto de morir. Seguramente que el miedo de abandonar este mundo y presentarse ante ti, está haciendo presa de ellos. ¡Muéstrales tu amor! Acorta los sufrimientos terrenales que los desesperan y transfórmalos en cambio, en fuente de gozo y esperanza. Tú que moriste tan lleno de piedad...,¡ten misericordia de los moribundos! María, acompaña a todos los agonizantes, como acompañaste a tu hijo Jesús. Alivia la pena de su soledad con tu noble presencia maternal.



Jesús mío, te ruego también por todos aquellos que en estos momentos se encuentran desolados, preocupados o decepcionados por la partida de un ser querido. Abre para ellos el manantial de la fe y la esperanza. Elevo especialmente mi oración a ti, por esas madres, cuyos hijos enfermos exhalan en brazos de ellas su último aliento. ¡Consuélalas tú con María, tu Madre!



Padrenuestro, Ave María, Gloria...



Cuando mi cuerpo está ya sin vida,

llena Señor con tu gloria mi alma,

que goce contigo de la eternidad.





Misericordia





Jesús mío, tus verdugos golpearon tu cuerpo y lo torturaron sin piedad, pero la oscuridad y el pecado no afectaron ni tu alma ni tu espíritu. Al postrarme ante tu Cruz, lo hago herido en el cuerpo y en el alma y pido tu curación. Yo sé que en la Cruz ya me perdonaste.



Fue solo promesa y no gracia recibida. Y es que mientras el buen ladrón fue Contigo al cielo, el otro blasfemó ante Tu ofrecimiento de perdón. Por mi parte, Jesús, deseo aceptar y pretendo, no sólo tu perdón, sino también que me cures de mi iniquidad. Jesús, hijo de David, ¡ten misericordia de mí!



Mi corazón no halla reposo y nada en busca de tantas cosas. Pero nunca tiene tiempo de presentarse ante ti. Su inquietud obedece, a que no ha entendido tu amor. Toca mi corazón Señor, para que no siga especulando, sino que encuentre en ti su inspiración, ya que al perdonarnos abriste para nosotros la fuente inextinguible del amor. ¡Sáname de esta inquietud! Jesús, hijo de David, ¡ten compasión de mí!



Yo creo que tú eres el Señor y para ti nada es imposible. Te humillaste para estar más cerca de mí y no he querido darme cuenta de ello. Permanezco distante, o bien te ofendo con mucha facilidad. ¡Sana mi inclinación hacia el mal! Jesús, hijo de David, ¡ten misericordia de mí!



¡Cuánto descontento y rencor, aspereza y mal humor habitan aún en mí! ¡Cómo me cuesta olvidar las injurias! Alimento un deseo ilimitado de venganza y complico con ello mi existencia. Señor, con tu humildad, ¡cura toda mi amargura! Jesús, hijo de David ¡ten compasión de mí!



Oh Jesús, no dejaste de orar ni siquiera mientras pendías de la Cruz. Pediste también por mí. En cambio yo, cuando me encuentro oprimido por la angustia o el dolor, lo último que hago es orar. He maldecido y he blasfemado, dando lugar a la desesperación. Y es que no tengo una voluntad firme que me impulse a ponerme a orar. ¡Sana Señor, mi espíritu de oración y enséñame a orar! Jesús, Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!



En este mundo, no solo yo soy infeliz. A mi alrededor veo tantas personas tristes e insatisfechas, involucradas en conflictos y discusiones. Frecuentemente te culpan sólo a ti. No son capaces de reconocer su pecado, como la causa de su infelicidad y es por eso que no se convierten. Individuos, familias, comunidades religiosas, el mundo entero es desdichado. Señor, ¡sana los corazones y las mentes! Cura especialmente las heridas entre padres e hijos y todas las consecuencias de nuestro pecado. Jesús, hijo de David, ¡ten compasión de nosotros!



Padrenuestro, Ave María, Gloria...



De tu costado herido, sangre y agua brotaron: ¡límpiame Señor con esa fuente de vida! Y por tú misericordia, tenme siempre Contigo. Amén.

viernes, 1 de abril de 2011